Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

t e r c e r t e x t o - candela truman

martes, 9 de diciembre de 2014


¿qué era ella para ti? aquel día muchas personas me preguntaron eso, muchas veces, ¿y qué se suponía que debía de contestar yo? lo único que contestaba era que tan solo era una conocida, como cualquiera a la que ves cada día en una tienda, como al que saludas de vez en cuando por la calle, pero eso no era lo que ella era para mí ¿pero yo qué más podía contestar? ella era lo más importante que tenía, ella era mi sol, y cuando ese sol se apaga yo me quedo sin luz, pero hace tiempo hicimos una promesa, el secreto, posiblemente lo más doloroso que puede haber en el mundo. por todo ese maldito día yo no pude llorar, tuve que aguantar, aunque me estuviera muriendo por dentro, mientras veía a sus amigos y familia llorar por ella, y mientras tanto yo era otra persona más a la que no le hizo mucho daño que aquella chica pelirroja de ojos verdes se hubiera ido, para siempre. la despedida fue bonita, supongo, pero no como ella hubiese querido, no como ella se lo imaginaría. cuando llegué a mi casa y me di cuenta de que ya era libre de fingir, de que ya no tendría que ocultarme de la realidad pude tener un momento de pararme a pensar y saber lo que en verdad sería ahora la vida sin ella, en fin ¿qué sentido tiene levantarse cada mañana y saber que no volverás a oír su voz? que nunca más la veré sonreír. nunca imaginé , ni creí, ni pensé, que esto empezaría, y tampoco que algún día acabaría. como empezó aquel día en el cual la conocí y pude perderme en mis ojos verdes, nunca hubiera pensado que esa pelirroja, justo esa, pudiera llegar a significar algo tan grande para mí, nunca pensé que algún día ella se acercaría a mí y me diría con una sonrisa un pequeño ‘hola’, ¿quién sabía todo lo que esa palabra traería consigo? ella era una chica extraña, pero aún así pudo llenar mi oscuro corazón con su luz, empezando por una pequeña chispa que cada vez se hacía más grande. y bueno al final acabé enamorándome de aquella chica, que me sonreía cada día, y que hacía que lo ya también sonriera. cada día me llevaba a sitios que nunca había visto de aquella gran ciudad, y pude descubrir lo bonita que era, tanto la ciudad como ella. me llevaba a campos, campos repletos de margaritas, ‘las margaritas son las mejores flores del mundo’ decía ella, al cabo de un tiempo acabé por decirle que ella era una margarita, diferente, más pequeña, más especial. ella sonrió en cuanto dije eso, se sintió a gusto conmigo, o eso me dijo ella, porque yo la comprendía, y la hacía sentir diferente, aunque la verdad no había que hacer nada para conseguir eso, porque ella ya era diferente de por sí, a todas las personas que había conocido nunca. me gustaba mucho la forma en la que se ponía de pié y alzaba los brazos justo cuando el sol se ponía, la forma en la que lanzaba una piedra en mi ventana despertándome por la mañana para poder ver amanecer, la forma en la que nos quedábamos despiertos de madrugada cerca del río, con unos sándwiches de mantequilla de cacahuete que yo odiaba pero ella me obligaba a comerlos igual, y yo sonreía, nunca me salvaba de no comerlos, y ahora no hay ni un solo día en el que no coma un sándwich de mantequilla de cacahuete. básicamente me gustaba su forma de disfrutar la vida, sin que nadie pudiera impedírselo. también me es imposible olvidar cómo caminaba y se paraba cada vez que veía un diente de león, se agachaba, lo cogía, cerraba los ojos y soplaba, luego los abría y observaba cómo todas las semillas volaban hacia el cielo, perdiéndose, como ella decía. tal vez quién lea esto, si alguna vez alguien lo lee, se preguntará por qué minúsculas, por qué ninguna mayúscula. y no hay ninguna otra razón más que porque ella era una gran minúscula en el mundo, no quiero decir que a mí me haya importado poco, porque en verdad para mí siempre fue una mayúscula, una mayúscula bien grande, pero, la realidad es que las personas siempre seremos minúsculas, y ella lo sabía, siempre lo supo. nunca pensé que ella se iría tan pronto, pero aunque no la hubiera visto mucho no me ha hecho falta para saber que ella fue y será la mejor persona que he conocido y conoceré en mi vida, tan especial, tan pelirroja, tan ella. ya han pasado sesenta años y yo sigo viniendo aquí siempre que puedo a recordarla, ¿y sabéis qué? no me pongo triste, no lloro, al contrario soy feliz, porque ella fue feliz, porque ella consiguió hacerme feliz, ella era la feliz, la que me alegraba, y ahora soy yo el que tiene que ser feliz. ella sigue en mí, en cada margarita de este gran campo, en cada semilla de diente de león que se pierde, en cada minúscula que escribo, en cada amanecer y puesta de sol. ella es esa chispa que sigue viva, en alguna parte.
-Candela Truman


Personalmente, este texto me dejó sin palabras. Cande ha conseguido reunir todas mis cosas favoritas en un solo relato, y, joder, le ha quedado perfecto. Por si queréis pasaros, su blog es My Unstoppable World. Espero que os haya gustado tanto como a mí.

x

segundo texto - d.v.

sábado, 15 de noviembre de 2014



❝Vivirás 
Si es que aún hay aire en tus pulmones...
¿O es que piensas en mi?
Nunca lo sabré.
Pero...
Cuando te deje, no me llames.
Cuando me veas, no me mires;
Despega y sigue.
Que yo sin ti ya he aprendido a vivir.
Tal vez duela,
Pero...
No olvides que los satélites están hechos para órbitar solos.
¿El silencio? 
Deberás evitar que te consuma con su inmensa tranquilidad.
¿Miedo? ❞
 escrito por Dakota Varel
(en mi opinión, una enormísima poeta, escritora y amiga.)
su blog, aquí.

_______________________________________________

Yéndome completamente del tema, nota rápida para Dakota;

Querida amiga:

El año pasado me olvidé, pero este no. Sí, fue justo hace una semana. Estuve todo el santo día acordándome de ti sin poder decirte nada (no tuve forma). Y los demás días, bueno, ibas a creer que se me había vuelto a olvidar. Lo siento mucho. Pero, aunque sea tarde, aquí tienes un pequeño detalle.

ciento un nombres,
ciento un poemas,
cientos de palabras,
me recuerdan a ti.
por mucho que cambies,
eres la misma,
no tengo que comprobarlo.
eres una guerrera
de cabello rebelde,
como tú misma dices.
y me encanta cómo te describes.
eres libre,
única,
preciosa,
poética,
un libro abierto que te invita 
a tomarle de la mano y correr.
y contigo correría,
hasta el fin del mundo.
te quiero,
siempre.

-m.

p r i m e r t e x t o

viernes, 10 de octubre de 2014


«La luz del teléfono era la única que iluminaba mi cara cubierta en lágrimas. Mis dedos se deslizaban rápidamente pidiendo perdón por algo que no llegaba a comprender y, al mismo tiempo, deseando el por qué de todo lo que me venía sucediendo.
Mis ojos no vieron lo suficiente como para darse cuenta de la molestia ajena. No quería hacerle daño. No buscaba herirle. Pero sí me hirió a mi.
Esa tarde había pasado volando entre fotos, música y algunas risas. Pensé que me comprendería. Yo confié. Ese fue mi error. Confié.
Quería. Deseaba su amistad y la de los demás. Pensé que iba bien. Comenzaba a sentir de nuevo algo parecido a la felicidad. Me disculpaba y me compadecía a menudo, porque estaba insegura y solo quería congeniar en el puzzle. Un puzzle en el que nunca fui capaz de congeniar y en el que esta vez pensé que lo lograría.
Pero los tigres salen de noche y las esperanzas se desvanecen con sus primeros aullidos y mordiscos. Las heridas se abren y sangran y el agua de tus ojos no puede curarlas.
Los tigres duermen mientras me desangro. Los tigres están tranquilos mientras lloro.
Confié.
Y no deseo volver a hacerlo.»

-Cristina Argibay


Sinceramente, no sé qué decir de este texto. Es perfecto. Es triste, poético y hermoso, la combinación perfecta. Sentimientos y palabras, todo en uno. Creo que deberíais pasaros por su blog y leer sus demás textos. No tengo palabras para describirlos.

Espero que os haya gustado tanto como a mí.

x

Flashbacks.

martes, 1 de abril de 2014

«Have you ever felt so many things all at once (happy but sad, crazy but free, loved but confused, at the same time), and then nothing... but pain?»

Annabelle Rousseau se sentó en el suelo de aquella fría habitación, abrazando sus huesudas rodillas, mientras los recuerdos de todo lo que había vivido en los meses anteriores la acechaban, y las lágrimas amenazaban con escaparse.

Lo conoció una fría mañana de invierno, cuando caminaba como cada sábado a su cafetería favorita. La calle estaba infestada de personas que corrían de un lado para otro, con cosas que hacer y sitios a los que ir. Annabelle les observaba, disfrutando de no ser como ellos.
Fue mientras paseaba la mirada por el barullo de gente cuando sus ojos chocaron con unos de color gris, como el cielo en los días de tormenta, que la miraban fijamente. El joven siguió mirándola durante unos segundos que para la pelirroja se hicieron eternos. De repente, no sintió frío. Un pensamiento fugaz rondó la mente de Annabelle. ¿Por qué se sentía así? ¿Había visto a ese chico antes? Su memoria le decía que no, y, sin embargo, el chico moreno le resultaba muy familiar. Quizás sólo fuera que su corazón le decía que se sentía cómoda observándole. Y entonces recordó a dónde se dirigía, y apartó la mirada. Bajó la cabeza para no volver a toparse con aquellos ojos y continuó su camino.
Entró en la cafetería, y al abrir la puerta sonó la campana que anunciaba su llegada cada día. Aquel pequeño sonido la hizo sonreír. Significaba que había llegado a uno de sus lugares favoritos en el mundo. Aspiró el suave aire de su alrededor y reconoció el tenue olor a café que tanto le gustaba.
Se sentó en la mesa de siempre y pidió un café con leche y nata, y mientras esperaba, sacó sus bocetos y un lápiz. Observaba aquel dibujo de la chica en la lluvia, dispuesta a retocarlo, cuando una voz la interrumpió.
-¿Dibujas?
Annabelle dio un salto en el asiento del susto. Cuando levantó la mirada, allí estaba. En frente suya se encontraba el chico de ojos grises. Sin saber por qué, la chica se paralizó, y se quedó mirándole, con sus ojos marrones como platos y la boca abierta. Y él sonrió.
-Me llamo Kyle.
-Yo... so-soy... Annabelle -su voz era insegura, débil, y aún se podían notar en ella restos de lo que había sido un acento francés.
-Bonito nombre. Eres francesa, ¿eh? -comentó él. Ella asintió-. ¿Te importa que me siente aquí?
La pelirroja estaba nerviosa sin ninguna razón aparente, así que ni siquiera se fijó en que la cafetería estaba vacía salvo por ellos dos antes de asentir con la cabeza. ¿Por qué aquel extraño le hacía comportarse así?
En ese momento, el camarero puso el café en la mesa. Annabelle lo removió con la fría cuchara, y se quedó unos minutos mirando como el líquido daba vueltas dentro de la taza, mientras intentaba calmarse y actuar normal. Bebió un poco y sintió como el líquido la reconfortaba, como le descongelaba la sangre de las venas. Y, cuando volvió a hablar, esta vez fue del todo ella.
-Sí, dibujo. Aunque yo más bien lo definiría como hacer líneas deformes que son un intento de parecer algo.
Le pasó sus bocetos, y él los observó con cuidado, fijándose en cada detalle. A decir verdad, Annabelle dibujaba bien, pero era típico de ella menospreciarse. Siempre lo hacía.
Kyle se asombraba más con cada dibujo que veía. Se dijo a sí mismo que ella tenía un verdadero don para aquello.
-Wow -exclamó.
-No es para tanto, cualquiera puede hacer eso -dijo ella, quitándole importancia.
Pero el chico moreno no pensaba lo mismo, así que cambió de tema para no llevarle la contraria.
-¿Hace cuanto que vives aquí?
-No más de dos meses. Cuando cumplí los diecinueve decidí que ya era hora de ser independiente. Ya sabes. Apartamento propio, trabajo, vivir lejos de casa. La verdad es que sienta bien -sonrió y volvió a darle un trago al café. Cuando le miró de nuevo sus ojos se habían iluminado.
-¿Sabes? -dijo él-, realmente tu nombre te va como anillo al dedo.
Sonrió de una manera que hizo a Annabelle sentirse como si hubiera tomado una taza de café entera de un tirón. Oh, mierda, esa sonrisa hacía que se derritiera.
-No lo dices en serio.
-Oh, sí, lo digo completamente en serio.
Ella miró hacia la taza de café, sonriendo, avergonzada pero a la vez complacida. El camarero trajo la cuenta y la dejó sobre la mesa.
Tras un instante que pareció infinito, Kyle miró su reloj y se le borró la sonrisa de la cara.
-Tengo que irme -dijo, levantándose-. Pero antes, déjame invitarte a ese café.
Dejó el dinero correspondiente sobre la mesa y, antes de irse, garabateó algo en el papel.
-Adiós, Annabelle -pronunciaba su nombre de una forma preciosa, que hacía que la palabra pareciera el nombre de una flor-. Espero volver a verte.
-Mañana estaré aquí a la misma hora -dijo ella, dejándolo caer.
-Es bueno saberlo -dijo, y la campana de la puerta sonó, anunciando su marcha.
La pelirroja miró con curiosidad el papel en el que Kyle había escrito.
En él había un número de teléfono.
"No será, ni mucho menos, nuestro último encuentro, querido Kyle.", pensó, con una sonrisa, mientras guardaba el papel en su bolsillo. 

Margaritas.

lunes, 10 de marzo de 2014

Él no sabía exactamente la razón por la que se había sentido atraído hacia ella. Tal vez fuera porque la chica de las margaritas tenía algo misterioso.
Era extraña. Su cabello era negro, y siempre llevaba escondidas aquellas pequeñas y blancas flores que le daban nombre. Sus ojos eran oscuros. Su mirada, perdida. Su alma tenía algo de suicida. 
Caminaba mirando al frente, sin fijarse en nada ni nadie, como si el resto del mundo no le importara. Quizás así era, al menos hasta que le conoció.
Visitaba el valle cada día, al salir de clase. Se tumbaba entre las margaritas, contemplaba el cielo nublado, y pensaba. Pensaba sobre cualquier cosa. Analizaba las nubes. Buscaba sus formas. Observaba a las mariposas que iban de un lado para otro, revoloteando y posándose de flor en flor.
Él era muy distinto. No era misterioso. Le gustaba la música. Le gustaba sentarse delante de un piano, cerrar los ojos y sólo tocar. Muy de vez en cuando, componía. Era aficionado de la pintura, de plasmar sus sentimientos en un lienzo. Su cabello era pelirrojo oscuro, como las hojas cuando están a punto de caer.
Sólo pasaba por allí cuando se conocieron. Le gustaba la tranquilidad de aquellos campos, que siempre tenían el aspecto de la primavera.
Era un sábado, y el sol se estaba poniendo. El sol parecía haber coloreado el cielo de rosa anaranjado. Ella, tirada en la hierba, observaba. Cada día veía aquel atardecer, pero no dejaba de sorprenderla. Era algo maravilloso, digno de admirar. 
Él llevaba su vieja mochila a la espalda, y volvía a casa después de un largo paseo, como cada sábado. Aquel día estaba especialmente agotado, y cada paso le costaba más que el anterior. Cuando el atardecer dio paso a un cielo oscuro, sin una sola estrella, al joven le costaba distinguir el suelo donde pisaba. Ella estaba tumbada en aquel suelo, mirando aún al cielo. El destino quiso que sus caminos se cruzasen.
Él tropezó con ella -literalmente- y aterrizó sobre su mochila. Esta se abrió, y las acuarelas, lienzos, pinceles y lápices cayeron en la hierba, perdiéndose entre ella.
El chico se levantó al momento y, al ver con qué había tropezado, se apresuró a disculparse. Buscó a la chica con la mirada, y acabó topándose con sus ojos oscuros. No podía distinguir muy bien sus rasgos, pero pudo ver, aun estando en la oscuridad, a una chica que le sonreía a la tenue luz de la luna. No tenía la típica belleza, de eso estaba seguro, pero había algo en ella que hacía que te quedaras observándola.
-Lo... Lo siento mucho -dijo el pelirrojo, ayudándola a levantarse.
Ella volvió a sonreír.
-No te preocupes -se sacudió la hierba que tenía en el vestido, y dijo-. Nada ocurre por casualidad, ¿no? -él no entendía a qué se refería, y no le dio tiempo a pensarlo, ya que ella extendió la mano y dijo:- Soy Daisy. 
-Andrew.
-¿Puedo llamarte Andy?
-Eh...
-No era una pregunta, Andy.
Él sonrió.
Ella volvió a sentarse entre las margaritas. Alzó la vista y observó de nuevo el cielo, en el que las primeras estrellas ya habían aparecido.
Andy la contempló a ella. Daisy estaba sentada abrazando sus rodillas, absorta en sus pensamientos y en el cielo negro azulado. Por lo que podía ver con la escasa luz, su cabello era oscuro, y estaba revuelto, como si se acabara de levantar. Pudo distinguir que llevaba una especie de corona de margaritas hecha a mano.
-No te quedes ahí -dijo Daisy, de repente-. Ven, siéntate -le hizo un gesto con la mano para que se sentara  a su lado.
Él se sentó despacio, como si no estuviera del todo seguro de que debiera. Se acomodó en la hierba y observó el cielo estrellado, y no dijo nada. El chico pelirrojo y la chica de las margaritas compartieron el silencio, un silencio que era todo lo contrario de incómodo. 
Al cabo de un rato, ella se tumbó en medio de las margaritas y cerró lentamente los ojos. El aire empezaba a enfriarse y el suelo estaba húmedo. A Daisy no parecía importarle en absoluto, a pesar de no llevar nada más que un vestido de seda negra.
Andy pensó que quizá debiera volver a casa. Su familia estaría preocupada, se preguntarían qué le había pasado. Lo más extraño era que al joven no le importaba. En aquel momento, todo lo que quería era tumbarse en la hierba junto a aquella chica tan extraña y cerrar los ojos.
Y así lo hizo.

El domingo les despertó un hermoso amanecer. Al despertar, Andy no vio a Daisy, y un miedo inexplicable le invadió por completo al pensar que no la iba a ver nunca más. Pero entonces paseó la mirada por las copas de los árboles que tenía en frente y vio una figura esbelta subida a uno de ellos. Esbozó una media sonrisa, reconociendo a la joven. Ella no le había visto despierto, y él decidió no desaprovechar aquella oportunidad. Sacó sus utensilios de pintura lo más deprisa que pudo y empezó a garabatear sobre un lienzo en blanco. Dio forma a los árboles, al sol alzándose tras ellos, a los pequeños animales que correteaban por allí, y por último trazó la silueta de Daisy, con delicadeza. Borró y perfeccionó aquel boceto hasta que le convenció del todo. Sacó las pinturas y, una pincelada tras otra, el bosque de árboles que tenía ante él iba apareciendo también en aquel lienzo, que ya no tenía ni un hueco blanco. Cada detalle de la chica de las margaritas había quedado grabado también. Una vez que estuvo terminado, lo colocó cuidadosamente sobre una roca, para dejar que se secase, y fue a saludar a la joven, que seguía en el árbol.
Le costó lo suyo, pero al final Andy consiguió alcanzar la rama donde estaba Daisy, y se sentó en otra vigilando antes que pudiera sostener su peso. A pesar de que estaba de espaldas a él y que no se había oído nada cuando el chico subía, ella dijo, sin girarse:
-Buenos días.
-Buenos días -repitió él.
Cuando la chica se volvió, tenía un pequeño pájaro posado en el dedo. Alzó un poco el brazo, y el ave salió volando.
-Suelo venir a cuidarlo siempre que puedo -aclaró, hablando sobre el pájarito-. Su madre lo repudió al nacer -una sonrisa triste apareció en su rostro-. Son unas criaturas curiosas, los pájaros. ¿No crees?
Andy asintió.
-¿Bajamos? -propuso Daisy.
Él suspiró.
-Creía que no lo dirías nunca.
La chica ayudó al pelirrojo a bajar del árbol, puesto que era bastante torpe para estas cosas. Cuando ya estaban en el suelo, Daisy preguntó:
-¿Tienes miedo a las alturas?
Él volvió a asentir.
-Daisy... ¿Puedo hacerte una pregunta?
Ella sonrió.
-Demasiado tarde, Andy. Acabas de hacerme una.
El chico sacudió la cabeza y sonrió, sin poder evitarlo. Después, preguntó:
-¿Vienes mucho por aquí?
-Pregunta muy típica de los chicos -pensó ella, en voz alta. Acto seguido, rió, haciendo ver a Andy que estaba de broma-. Sí, vengo aquí todos los días. Este lugar -señaló al bosque, al valle y a todo el campo con los brazos- es mi segundo hogar. Mejor dicho, es mi único hogar. Quiero decir, tengo una casa, sí, pero no lo siento como mi "hogar". Es donde vivo, nada más. Mi sitio realmente está aquí, entre los árboles, la hierba y las margaritas. 
Hizo una pausa, respiró profundamente y continuó:
-Me has caído bien, Andy. Por eso, te confesaré que en realidad no me llamo Daisy.
El pelirrojo abrió la boca para preguntar sobre su verdadero nombre, pero ella le interrumpió.
-Alto, soldado. No quieras saber cómo me llamo en realidad. La verdad, ni siquiera me acuerdo -de encogió de hombros, quitándole importancia.
-¿Y por qué elegiste Daisy?
-Las margaritas son diferentes a las demás flores. Son hermosas, pero a la vez son tristes. Me gusta pensar que me parezco a ellas.
-Te pareces a ellas -afirmó Andy, aunque no entendía muy bien por qué las margaritas le parecían tristes, ni por qué ella lo era.
Entonces Daisy sonrió, cogió al joven de la mano y le dijo las palabras que cambiarían la vida de Andy para siempre.
-Me gustas, Andy. Realmente me gustas.
-Tu también me gustas, chica de las margaritas.
Su nuevo apodo hizo que la chica sonriera aún más.
-Ven, quiero enseñarte algo.
Daisy tiró de su brazo y lo llevó a sus partes favoritas de aquel bosque inexplorado. Subieron a la cima de una montaña desde la que se veía toda la ciudad, cada una de las casas, que desde allí parecían ser de juguete. Ella le enseñó a escalar árboles. Más tarde, la chica recogió margaritas y le hizo una corona con ellas para Andy. Su última parada fue un pequeño río, en el que alguien había colocado un tronco a modo de puente.
Allí, Andy y Daisy se besaron por primera vez. Todo ocurrió deprisa. Cruzaban el tronco cuando de repente él colocó mal un pie y estuvo a punto de caer. Ella actuó rápido y sujetó su camisa, atrayéndolo hacia ella. Así fue como acabaron con sus narices a centímetros de distancia, hasta que al final él puso fin a los centímetros que les separaban y la besó. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Daisy sintió de nuevo que estaba viva.
Finalmente, el domingo terminó, y él tuvo que regresar a casa, esperándose una buena regañina. Pero volvía a tener ese extraño sentimiento de indiferencia, no le importaban las regañinas si eran por haber estado con ella.
La historia del pelirrojo y la chica de las margaritas parecía ir a tener un final feliz, pero quién podía saberlo. A veces las apariencias engañan.

La observación de atardeceres, cielos estrellados, amaneceres, los paseos por el bosque y las recogidas de flores siguieron su curso cada fin de semana durante meses.
Daisy no volvió a observar nubes y mariposas sola. Tenía a Andy para acompañarla. Había encontrado un motivo para que cada día valiera la pena. Sin embargo, había algo que no estaba bien dentro de ella. Algo que nunca lo había estado. Seguía teniendo esa tristeza permanente que no la había abandonado desde la muerte de sus padres. Cada vez que sonreía, algo dentro de ella se rompía un poco más. Seguía siendo como las margaritas.
Andy lo notó, pero ella insistió tanto en que no ocurría nada que acabó sin darle importancia. Aprendió a observarla también a ella, y se percató de que esos silencios de cada sábado por la noche dedicados a observar las estrellas, Daisy pensaba. A veces, se despertaba la mañana del domingo y escuchaba los sollozos de Daisy. Cada vez que ella lloraba, algo se rompía dentro de él.

Y llegó la mañana de la tragedia. Era invierno y casi no quedaban margaritas. Aquel domingo, él se despertó pronto, y se dio la vuelta esperando encontrarse con el pálido rostro de la joven. Os imaginaréis que no fue eso lo que encontró. A su lado, en la hierba, había un jarrón con margaritas, y una nota. Extrañado y con un horrible presentimiento, Andy abrió la nota como pudo. Las manos le temblaban. Quería convencerse de que no era lo que creía, pero hubiera sido una pérdida de tiempo.

Querido pelirrojo:
No sé cómo decirte esto sin llenar el papel de lágrimas. Seré clara. Me voy, no puedo más. No voy de viaje, no me mudo. Voy a un lugar del que no se puede regresar. Me conoces lo suficiente como para entenderlo. Fuiste mi última esperanza, mi última razón para vivir. Estos meses me he sentido más viva que nunca, y todo gracias  a ti. Con amor,
Tu chica de las margaritas.
pd: encontré el cuadro sobre una roca, es lo más bonito que he visto nunca. Siento agradecértelo tan tarde.
pd2: nunca olvides que te quiero.

La había perdido para siempre.

Eran como dos líneas rectas 
que se cruzan en un punto.
Sus caminos coincidieron una vez,
pero pronto se separaron.
Para siempre.
____________________________________________________________________________

Este relato es para el concurso de relatos de My Unstoppable World, cuyo plazo finaliza mañana.
Por si alguien quiere apuntarse, pinchad aquí para ir a las normas del concurso.
Sparks fly,
Merce Fearless.

Cuando la música es tu oxígeno.

miércoles, 26 de febrero de 2014

  

   "Cuando despertó, se dio cuenta de que había dejado el reproductor encendido. Había estado sonando toda la noche, una y otra vez. En aquel instante, las notas de Treacherous le acariciaban suavemente los oídos dándole los buenos días. La chica del cabello castaño, medio dormida y con los ojos aún cerrados, se estiró entre sus sábanas. Se frotó los ojos para despejarse y sus pies tocaron el frío suelo de la habitación. Se estremeció al sentirlo, y se levantó de la cama. Una vez frente a la enorme y destartalada estantería, se puso de puntillas para alcanzar "Red", y lo sacó con mucho cuidado. Ya sonaba I knew you were trouble cuando la joven abrió la tapa del reproductor y, con más delicadeza aún, sacó el disco, que después de un año entero seguía perfecto, sin rayarse ni lo más mínimo. La chica sonrió orgullosa al contemplar lo cuidado que tenía aquel disco. En realidad, todos estaban así. Discos antiguos, discos que tenían al menos diez años, sin un solo rasguño.
   Y es que aquellos discos eran su tesoro. La música era lo único que la mantenía viva. Los discos eran su tesoro, su posesión más preciada. Por supuesto, jamás dejaba a nadie acercarse a ellos. Sólo ella podía tocarlos.
   Algunas personas creen que la música es algo sin importancia. Algo sin valor. Creen que mezclando un puñado de notas, varios gramos de letra y una cucharada de ritmo ¡bum!, mágicamente sale una canción. Pero las canciones, la música, es más que eso.
   Para Amanda Lyen la música tenía más ingredientes que esos, que eran simples y sin significado. Para aquella extraña chica, la música contenía también un cubo entero de emociones, sentimientos y recuerdos. Y eso era lo más importante para ella. Lo que transmitía la música. Se podría decir que por las venas de Amanda no corría sangre, sino acordes. Respiraba melodías y no oxígeno.
   Aquella mañana se vistió con una blusa de cuadros y unos jeans resquebrajados. Salió a la calle con los auriculares en los oídos, y le dio al play de la pantalla de su móvil. Summertime Sadness. Era mayo, y el aire de aquella pequeña ciudad se respiraba con dificultad, era denso y demasiado templado. La gente iba de un lado para otro sin reparos en nadie, a veces incluso avanzando a empujones. Tenían prisa por seguir con sus ajetreadas vidas. Amanda no tenía prisa. Y sus escasas ganas de vivir solo estaban alimentadas por sentir las emociones que las canciones le transmitían. Sólo una firme cuerda la sujetaba para que no cayese al vacío, y esa cuerda era la música.
   Las personas se chocaban continuamente con ella, pero no le importaba. Dudo que se diese cuenta. Iba absorta en la melodía que resonaba en sus oídos. Ni siquiera oía el bullicio de la calle principal, del cláxon de los coches, ni de los conductores gritándose unos a otros. Casi todo el mundo estaba malhumorado, pero Amanda era la excepción. 
   Entonces, un grupo de personas se acercaron a la chica de la blusa de cuadros. Eran ellos los que habían hecho peligrar su vida.
   -Eh, tú, estúpida -dijo uno de ellos.
   Amanda no escuchó lo que el chico le decía, y siguió caminando. Pero los jóvenes, que tenían pinta de ser problemáticos, siguieron tras ella. 
   -¡Sorda! -le gritó una chica con el pelo en punta y la oreja perforada.
   Los demás rieron.
   Amanda no los vio hasta que el que la había llamado imbécil le dio un empujón por la espalda y estuvo a punto de caer al suelo. Se quitó los auriculares de los oídos, y, sin crisparse ni por un segundo, arqueó una ceja en señal de pregunta.
   -¿Pero a ti qué te pasa? -dijo uno de los chicos-. ¿No escuchas?
   -Déjala, Bryan, la pobre está sorda. O le pasa algo en el cerebro.
  Todos volvieron a reír a carcajadas. La gente observaba con cautela, sin acercarse demasiado. Amanda no cambió su humor.
   -Mi cerebro está bien, gracias -dijo.
   -No era una pregunta, imbécil.
  -No me importan vuestros comentarios -Amanda tenía un tono firme, seguro, y lo dijo con una sonrisa en su pálida cara-. No quiero que malgastéis vuestro tiempo en algo que no va a dar ningún fruto. ¿Qué conseguís con esto?
   El grupo estaba descolocado, boquiabierto. No se esperaban esa respuesta.
   -Y ahora, si me disculpáis, me voy -se colocó de nuevo los auriculares, esta vez a menos volumen-. Usad vuestro tiempo para algo más productivo, ¿sí? -les dedicó una sonrisa dulce, que en ese caso les molestó más que cualquier otra cosa.
   Dana, una compañera de clase, salió de entre el bullicio de gente. Lo había observado todo.
   -La última vez que te hicieron esto no respondiste así -dijo-. ¿Qué ha cambiado desde aquello?
   Amanda esbozó una seria sonrisa.
   La respuesta era la música.
   Tenía a la música para salvarla."

That kind of sadness.

sábado, 8 de febrero de 2014

No sabía cómo comenzar esta entrada,
así que, ¿por qué no os cuento una historia?


    "Era una chica solitaria. O, al menos, en eso se había convertido con el paso del tiempo. Se sentaba al final de la clase, abstraída en sus pensamientos, sin intercambiar ni una palabra con el resto de estudiantes. Algunos decían que era una estirada, y por eso se mantenía alejada. Otros comentaban que vivía aislada, en su pequeña burbuja, completamente incomunicada. A decir verdad, así era. Pero ella no era, ni mucho menos, una estirada.
  Llegaba a su casa cada día con el alma por los suelos y las lágrimas quemándole en los ojos. Fingía otra sonrisa, y todo seguía igual de bien. Nadie se daba cuenta de que pedía ayuda a través de sus ojos, atrapada en una falsa felicidad. Al no darse cuenta de que sufría, nadie la socorría, nadie la consolaba, ni le decía que todo iba a ir bien.
    A veces, ella se tumbaba en su cama, y, boca arriba y mirando al techo, para que así las lágrimas no escaparan, recordaba los tiempos en los que todo era feliz. Se recordaba a ella sonriendo de verdad, sin forzar las comisuras de su boca a que se inclinaran hacia arriba para hacer creer al mundo que estaba bien. Sonreía de felicidad.
    Ella extrañaba esos tiempos. Quería que las voces de su cabeza que le decían que apestaba, que no valía para nada, se mudaran a otra parte, pero no había manera. Eran como parásitos molestos de los que no te puedes librar.
   Soñaba con que, algún día, alguien se daría cuenta de su dolor. Ese alguien no la juzgaría por las voces de su cabeza, no, porque ella no tenía la culpa de que vivieran en su interior. Ese alguien la abrazaría, le acariciaría la espalda, y, consolándola, le diría:
   -Eh, todo va a ir bien, ya lo verás -entonces, ella lloraría, más de alivio que de pena, y ese alguien le susurraría:- Tranquila, tranquila.
   A veces, acababa creyéndose que aquello había ocurrido, y volvía a respirar con normalidad. Pero lo peor era cuando se daba cuenta de que lo había imaginado. Las lágrimas brotaban de sus oscuros ojos sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, y susurraba para sus adentros: «sólo quiero que todo vuelva a ser de colores y no gris. Que vuelva a mí esa alegría que tanto vacío ha dejado en mi interior. Que se vaya la tristeza, porque aquí sobra. Sólo quiero... que todo vuelva a ser como antes.»
   A veces no se daba cuenta de que, si no escuchara las voces que le susurraban insultos en su cabeza, podría volver a ser feliz. No se daba cuenta de que llegar cumplir sus deseos sólo dependía de ella.
   Creo que me olvido de algo... Ah, sí. A ella le gustaba hablar de sí misma en tercera persona."

________________________________________________________________________

Más o menos es así como estoy ahora. No tan, tan mal como he escrito, porque creo que, si escribís, ya sabréis que cuando estás triste, tiendes a utilizar ese sentimiento tan intenso, aunque sea negativo, para expresarte. Creo que yo he exprimido el mío al máximo, o al menos, eso he intentado.
Una vez encontré una fotografía en we heart it que me llamó mucho la atención. El texto estaba escrito en inglés (como la mayoría), y hablaba de que hay dos tipos de tristeza. Me pareció muy cierto, y he querido compartirlo con vosotros para que podáis entender un poco cómo estoy ahora, o simplemente para que veáis como expresa los dos tipos de tristeza. La imagen en cuestión la borré sin querer porque soy estúpida. He intentado traducir los versos de los que me acuerdo, es poco y todo suena mejor en inglés, pero aquí están:
Puedes estar triste,
pero siempre hay dos tipos de tristeza.
Está esa tristeza en la que sólo quieres
escuchar canciones alegres
salir a pasear
hablar con tus amigos
pensar que todo va a estar bien
y olvidar.
Pero después está esa otra
en la que sólo quieres
escuchar canciones tristes
leer frases sobre la vida
y sólo hundirte
en la piscina de las emociones.
Puede que os parezca excesivo, quizás un poco exagerado, y puede que penséis que no hay diferencia entre los dos tipos de tristeza. Otros, al igual que yo, entenderéis que sí existe una enorme diferencia entre ambas. A la primera, yo suelo llamarla la tristeza «pasable», por decir de alguna manera que se puede pasar por alto y que no te influye demasiado. La segunda ya es más difícil ignorarla. Sólo con decir que cuando estoy así sólo quiero escuchar canciones tristes, ya lo digo casi todo. Aunque para mí puede ser un poco diferente, ya que la música significa mucho para mí, y si os digo que este estado de ánimo cambia las canciones que quiero escuchar, es que me afecta.
Ahora se puede decir que estoy en la línea intermedia que las separa a las dos. Intento pasarme a la primera, pero es difícil saltar ese abismo que las separa. Voy a necesitar algún tipo de escalera, o puente, que me lleve al otro lado, o incluso a salir de las dos: sentirme bien de nuevo. Por ahora ese puente lo estoy construyendo bien, usando cosas como canciones alegres (de hecho, estoy escuchando The Fox, y, eh, un secreto, esa canción para mí es un chiste convertido en música), leer mis libros favoritos o salir por ahí con amigos.
Así que no os preocupéis por mí ni lo más mínimo; no voy a cometer ninguna locura, no voy a entrar en depresión, no os voy a abandonar, simplemente necesito un tiempo para superar algunas cosas (como mis catorce años. ¿¡Por qué me abandonáis, trece!? Yo os quería, ah).
Y, si es necesario, os prometo que escucharé The Fox un millón de veces.
Sabéis que os quiero, sé que lo sabéis.

Sparks fly,
Merce Fearless.


p.d: ¿os habéis dado cuenta de lo metafórica que estoy hoy? Agh.
p.d.2: What does the fox say? Dingdingdingdingdingdingdingding...
p.d.3: «Lechuga? Lechuga.»

La magia del invierno.

viernes, 20 de diciembre de 2013

  Era un frío día de diciembre, la blanca nieve descendía y se posaba suavemente sobre las baldosas de la calle. Los pinos y abetos se agitaban por lo que yo supuse que era un gélido viento. Pero de ninguna manera, ni aunque hiciese una temperatura tan baja que me se me congelara la nariz al salir a la calle, iba a renunciar a mi paseo por el bosque.
  Enrollé alrededor de mi cuello la gruesa bufanda de mi madre, y en cuanto la lana tocó mi helada piel, noté un escalofrío recorriéndome la columna. Me puse un jersey, también de lana, y una chaqueta de mi padre que me quedaba ancha, pero me calentaba más que cualquier abrigo mío. Metí en una bolsa mis desgastados patines de cuchillas, y acto seguido, salí a la calle, sin avisar a mis padres.
  Una vez que estaba llegando, miré a los dos lados, y, segura de que nadie me miraba, me adentré en los nevados pinos y abetos que escondían el resto del bosque.
  Llevaba un largo rato caminando, la nieve iba subiendo y casi me legaba por los tobillos, cuando llegué al lago. Estaba a bastante distancia del pueblo, por lo que pocas personas sabíamos de él: tan sólo mi padre, mi hermana y yo. 
  La gente no solía adentrarse en el bosque, ya que casi siempre estaba nevado por completo. Otra razón, claro está, eran las numerosas leyendas que había en North Village sobre criaturas mágicas que rondaban entre los árboles. Recordé una historia que me contaba mi madre, cuando yo aún era una cría, sobre la razón por la que nuestro hermoso pueblo siempre ha sido tan frío. Esta decía que a las hadas de la nieve, mujeres con alas y tan pequeñas como una mariposa, siempre les había gustado este sitio, que hace muchos, muchos años habían decidido quedarse aquí, y eran ellas las que hacían que látigos de escarcha cayeran sobre los árboles y las casas. Cuentos de hadas sin sentido, en mi opinión.
  Me senté en una roca y me coloqué los patines. Caminé como pude hasta la superficie cristalina que cubría el agua del lago. Puse un pie en el hielo, comprobando que soportaba mi peso, y me lancé a patinar sobre él. Adoraba el roce del aire y los delicados copos de nieve en mi pálida piel. Abrí la boca un instante y uno de los copos entró en mi boca. Sentí el frío en el paladar hasta que la nieve se derritió y no fue más que agua. 
  De repente, creí ver un destello de luz entre los pinos. Fue un pequeño instante, pero brilló lo suficiente como para que me diera cuenta. Me dio tal sobresalto que tropecé un caí al frío hielo, con mi mejilla tocándolo. Cerré los ojos y me dije a mí misma que había sido mi imaginación, pero cuando me incorporé, me senté en el hielo y volví a abrirlos, ahí estaba de nuevo, y esta vez no era tan solo una pequeña luz, eran decenas de puntitutos luminosos que se acercaban hacia mí. Sentí miedo, pero entonces, al intentar levantarme, noté un crujido bajo mi cuerpo: si me levantaba, el hielo se partiría, y yo caería al agua gélida. Estaba en un verdadero aprieto. Las luces siguieron acercándose hacia mí. Quizás serían luciérnagas, pensé. Fuera lo que fuera, no podía huir. No podía moverme. Estaba atrapada.
  Uno de los puntos de luz llegó a colocarse delante de mi cara, y casi me desmayé al ver lo que tenía en frente. «Es imposible -pensé-. Esto no puede ser real». Aquella criatura medía, como mucho, diez centímetros. Era tal y como había imaginado a las hadas de las nieves de la leyenda. Unas pequeñas humanas de cabello plateado, con unos ojos diminutos de un azul gélido y unas alas transparentes que le salían de la espalda. La luz, extrañamente, la irradiaba su piel. 
  Me miró, curiosa, y cuando vio la situación en la que me encontraba, hizo una seña a las decenas, quizás cientos, de luces escondidas entre los árboles, que se dirigieron hacia donde estábamos. Todas eran réplicas exactas de la primera hada que se me había acercado. Me sujetaron entre todas ellas con sus pequeñas manitas, y entonces me di cuenta de que había más de cien hermosas hadas de la nieve alrededor mía. Antes de que pudiera darme cuenta, ellas aletearon sus diminutas alas y sobrevolamos, aunque a poca altura, el lago helado.
  Me posaron suavemente en la nieve. Yo estaba tan asombrada que ni siquiera podía hablar, así que cerré los ojos y respiré hondo, para tranquilizarme. Desearía no haberlo hecho, ya que al abrirlos todas las hadas habían desaparecido, no había ni rastro de ellas. Miré entre los blancos árboles del bosque, sin resultado.
  Deprimida, volví al pueblo y allí conté la historia a mi hermana, que, como era de esperar, no me creyó. Pero, en lugar de enfurecer, me dije a mí misma que este sería mi pequeño secreto. Yo sabía lo que había visto. No me lo había imaginado. Y, de algún modo, estaba contenta, ya que yo era la única persona del pueblo que conocía la verdad sobre las hadas de la nieve, la única que sabía que la maravillosa leyenda era cierta.


Por Merce Fearless, 
escritora y lectora compulsiva,

Iniciativa Stop Bullying

domingo, 13 de octubre de 2013

 
Tú, con tus cambios de postura
tú caminas por mentiras y humillación.
Tú, señalas mis defectos otra vez.
Como si no los hubiera visto.
Camino con mi cabeza baja,
tratando de bloquearte porque nunca te impresiono.
Sólo quiero sentirme bien de nuevo.

Apuesto a que te maltrataron,
a que alguien fue frío contigo
pero el ciclo termina aquí,
tú no puedes llevarme hasta el final del camino.
Tú no sabes, lo que tú no sabes...

Algún día, viviré en una gran ciudad
y todo lo que tú serás es malo.
Algún día, seré grande y no podrás golpearme.
Y todo lo que tú serás es malo.
¿Por qué tienes que ser tan malo?
 
Mean, Taylor Swift

____________________________________________________________________________
 
Stop Bullying es una iniciativa del blog "Cada ola a la deriva es una historia que contar" que lucha contra el acoso escolar. En cuanto vi la entrada anunciándola, quise apuntarme, ya que me parece que el bullying es algo que tenemos que parar, o al menos, intentarlo.

Yo he sufrido bullying, aunque a muy, muy pequeña escala, durante un curso entero. Por suerte, eso no ha vuelto a suceder, ya que he aprendido a defenderme, y si volviera a pasar, sabría lo que hacer. Además, conozco otros casos de bullying más fuertes, pero no puedo decirlos aquí. 

El trozo de canción que he puesto arriba, Mean de Taylor Swift, trata sobre este tema. Taylor sufría acoso cuando era pequeña, y por ello tuvo que cambiar varias veces de colegio. Y en esta canción expresa su opinión sobre esto y sobre los matones, diciendo que ella cree que alguien debe de haberlos herido para que actúen de esa manera (Apuesto a que te maltrataron, / a que alguien fue frío contigo).

Sobre el tema de los matones, pienso igual que Taylor. Creo que son personas un poco amargadas (perdón por la expresión), a las que alguien debió hacer daño y ellos lo que hacen es pagarlo con otras personas. Pero algún día, como dice la canción, las personas a las que les hacen daño los matones saldrán adelante, mientras que ellos todo lo que serán es malos.

Esto es todo, si queréis apuntaros a esta iniciativa (cuantos más seamos mejor) haced click AQUÍ.

Pan quemado y azucarillos,


Cómo llegué a ser swiftie :)

martes, 30 de julio de 2013


   Os contaré la historia de cómo llegué a ser fan de Taylor Swift:

   Cuando acabó Hannah Montana, no sé por qué, pero Miley Cyrus dejó de algún modo de ser mi ídola. Creo que una de las razones fue que dejé de estar "en contacto" con ella, me refiero a que dejó de salir en las revistas que yo leía y dejé de tener noticias suyas. 

   En ese tiempo, yo estaba yendo a clases de informática, y me pasaba todo el tiempo libre que nos dejaban buscando vídeos de canciones, para encontrar algún famoso con el que sentirme, de alguna manera, identificada, encontrar alguien que me gustara, al menos hasta que volviese a tener noticias de Miley. Algunas de las canciones de la radio que me gustaban eran 'California Girls' y 'Hot'n Cold'. Descubrí que eran de Katy Perry y empezó a encantarme, seguí buscando canciones suyas, etc. Pero me di cuenta de que no me gustaba como para llegar a ser mi ídola, me gustaba sólo igual que Lady Gaga o Alicia Keys, era como un famoso más.

   Ya había dejado de "buscar un ídolo", no sé por qué, creo que ya no me interesaba mucho. Entonces, un día que estaba viendo vídeos en YouTube (suelo pasarme horas investigando, buscando canciones, etc), encontré una canción de una chica rubia de ojos azules, que cantaba una historia de amor con un vestido de princesa puesto. Esa chica era Taylor Alison Swift. Seguí investigando sobre ella, buscando más canciones, compré su álbum "RED", que me encantaba. Y, sin darme cuenta, esa chica rubia de ojos azules se había convertido en mi ídola.
   Gracias a haber dejado de buscar un ídolo lo había encontrado. Porque no se llega a ser Swiftie queriendo, se llega sin darse cuenta ❤❤❤ 


Relato: ¿Los sueños pueden hacerse realidad?

viernes, 28 de junio de 2013


  
   Al subir al autobús conecto mis auriculares y subo el volumen de The Lucky One de Taylor Swift. Ha sido otro día agotador en el instituto, pero cuando la música empieza a sonar, los problemas se desvanecen. Sólo quiero sentir cada palabra de la letra de la canción. Cuando Taylor canta "And it took some time, but I understand it now... Cause now my name is up in lights, but I think you got it right" ya he llegado a mi parada. Bajo del autobús con mi mochila a la espalda, pero aún sigo con la música a tope. Entro en mi casa, saludo a mis padres y como lo más rápido que puedo, ya que estos días necesito estudiar un poco más.

   Subo a mi cuarto, me siento en la mesa e intento concentrarme. Pero resulta imposible, mi cabeza sigue dándole vueltas al mismo tema desde hace semanas. Desde que era muy pequeña, quise dedicarme a la música. Era y es mi mayor sueño. Me presentaba a cada concurso que veía. Nunca he quedado finalista en ninguno, pero eso era por mi miedo escénico, cosa que he superado hace muy poco. Tengo la esperanza de encontrarme por la calle a un productor musical o alguien importante en esta industria, que me escuche cantar y me diga: "tú vales para esto", por eso siempre voy canturreando por ahí. Pero el tema que me preocupa, la razón por la que no puedo concentrarme en los estudios, es que hay un nuevo concurso de canto, al que pueden presentarse jóvenes desde los 14 a los 17 años. Yo tengo 15. He estado dándole vueltas a lo de apuntarme, pero mi temor es que el miedo escénico vuelva en el peor momento. Ya no es como en los concursos a los que me presentaba de pequeña, ahora si cometo un solo fallo mi cara podría salir en todos los canales de televisión, humillándome.

   Intento no pensar en ello un rato, y consigo estudiar 20 minutos cada una de las dos asignaturas de las que tengo examen mañana. No necesito estudiar más, porque yo con sólo atender en clase me aprendo el tema entero. A sí que me pongo a componer. Tomo mi guitarra y las partituras, y en media hora tengo la sexta canción que he compuesto en el mes: Can dreams came true? (¿Pueden los sueños hacerse realidad?). 

   Una vez que ya he compuesto un rato, estoy más relajada. Decido pensarme un rato el tema del concurso. Por un lado, hay razones para no ir; ¿Y si me vuelve el miedo escénico y me pongo a llorar en medio de una actuación? ¿y si me dicen que no valgo para esto?. Y por otro, hay razones para presentarme; yo sé que valgo para esto, si lo doy todo podría conseguir ganar, y la que me convenció para decidir presentarme: NO INTENTARLO POR MIEDO A PERDER ES PERDER MUCHO MÁS, SI NO LO INTENTAS, NO GANAS.

   Es viernes por la mañana. Me levanto temprano y sigo la rutina de todos los días. Cuando estoy de vuelta en casa, como lo más rápido que puedo, subo a mi habitación y descargo el formulario del concurso. Mientras lo relleno, estoy feliz, porque sé que tendré una oportunidad de cumplir mi sueño. Termino de escribir. Ahora tengo que adjuntar una maqueta de alguna canción. Elijo una compuesta por mí. La que más refleja mi sueño de convertirme en cantante: Can dreams came true?. Lo meto todo en una caja, le pongo una pegatina con la dirección y lo llevo a correos como envío urgente. Ahora sólo falta esperar.

   He estado todo el fin de semana haciéndome las mismas preguntas: ¿Ya habrán recibido mi formulario? ¿Les gustará mi maqueta?. Cuando llego a casa el lunes, lo primero que hago es abrir el buzón. Allí está. La carta en la que dice si he entrado o no en el concurso. No puedo esperar más, la abro allí mismo, en el jardín. Cuando la leo, no me puedo creer lo que pone. La releo para asegurarme que lo que dice es real. Y no puedo contenerme más; me pongo a dar saltos y gritos de alegría. ¡¡¡¡Estoy dentro del concurso!!!! 

                                                            *  *  *

   Han pasado ya dos meses desde que recibí la carta. En el concurso lo di todo, y mi esfuerzo ha tenido su recompensa. Gané, con la mayoría de votos del público y del jurado. Estoy grabando mi nuevo disco, en el que la primera canción es con la que triunfé. Ahora ya tengo repuesta a su título: LOS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD SI LUCHAS POR ELLOS.