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Nota. (Flashbacks 13)

sábado, 23 de agosto de 2014

«But I can't fix him, can't make him better. And I can do nothing about his strange weather.»

Como ya dije una vez, no puedes cambiar tu destino. No puedes hacer nada para cambiar el futuro. Y mi futuro se veía como un ciclo continuo de destrucción. He pensado que sería mejor terminar con él, ya que si lo continuaba, os destruía también a vosotros. No quiero que sufráis -ni por mi culpa, ni por la de nadie-.

Seguramente cuando leáis esta nota ya no habrá nada que podáis hacer, pero, por si acaso, no quiero que intentéis impedirlo. Como dice Asleep, «cántame para dormir, y después déjame solo. No trates de despertarme por la mañana, porque ya me habré ido». Yo ya me he ido.

No he escrito un testamento, porque, ¿quién iba a pensar que iba a morir a los veintiuno? Ni siquiera yo lo sabía. Esto ha sido una sorpresa incluso para mí. Siempre creí que moriría trágicamente a los veintisiete y después sería recordado como un héroe. Pero no creo que sea recordado siquiera, y no quiero que me recordéis.

Así que aquí dejo un cutre testamento de lo poco que tengo. Quentin, quédate el piano. Sé que siempre lo quisiste. Sonará mejor si eres tú quien lo toca, a mí nunca se me dio bien. Jade, ya tienes lo que es tuyo. El descapotable. Cuídalo bien.

Annabelle, ¿qué te voy a decir? Todo lo demás es tuyo. Todo lo que tengo es tuyo. Sé que no lo vas a aceptar. Yo tampoco aceptaría todo lo que alguna vez perteneció a una novia que ha muerto. Lo entiendo. Pero quiero que sepas que todo es tuyo. Mi corazón sigue siendo tuyo, aunque ya no funcione. Puedes decir en mi funeral que hasta muerto soy jodidamente cursi. Yo sonreiré desde donde quiera que esté y diré que eres asquerosamente hippie.

Os voy a echar de menos, estoy seguro de que ya lo hago (si es que se puede echar de menos donde yo estoy, de lo que no estoy seguro). A pesar de todo, os quiero.

-Kyle

**********************

Kyle Dixon murió a las cinco y diecisiete de esa madrugada. Aún era de noche y aún había estrellas cuando su cuerpo se estrelló contra el fondo de aquel acantilado y su corazón se detuvo por completo.

Encontraron la nota al día siguiente. Estaba sobre los discos de The Smiths, y Annabelle esbozó una sonrisa triste al darse cuenta del por qué. Detrás de ella se encontraban Quentin y Jade. Jade tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Quentin hacía lo posible para que las lágrimas no salieran de sus ojos, pero era imposible. Habían visto su cuerpo.

Solo una hora antes, el teléfono había sonado, despertando a Anabelle. La policía le había preguntado si conocía a Kyle Dixon y su corazón había dado un vuelco. Estaba claro que algo había pasado. No le explicaron lo que habían encontrado, tan solo avisaron y le dijeron que si podía ir a aquel punto en las vías de tren. Ella había llamado a Q, quien había llamado a Jade, y los tres habían ido lo más rápido posible para llevarse el mayor golpe de sus vidas.

Kyle estaba tan pálido que casi se confundía con la camilla. Sus ojos estaban cerrados. Se alegraron de que estuvieran así. Ninguno quería ver los ojos grises de Kyle, que siempre habían sido tan alegres, tan luminosos,... sin rastro de vida.

-Aún respira, ¿verdad? -había preguntado Jade, con la voz entrecortada.

Uno de los médicos había hecho un vago gesto con la cabeza, que podía haber significado cualquier cosa si después no hubiera dicho:

-Lo siento.

Jade había roto a llorar y se había abrazado a Quentin. Annabelle se había quedado allí de pie, con la boca abierta y sin embargo sin palabras, sintiendo que iba a romperse del todo en cualquier momento. ¿Qué se supone que dices cuando ves a la persona que amas... muerta?

Se acercó a la camilla. Si desenfocaba un poco los ojos, aún podía decir que Kyle estaba solo durmiendo. Y lo parecía. Su cabello castaño estaba despeinado, y sus labios unidos en una fina línea. Parecía más tranquilo que en cualquier otro momento de su vida. Aunque, claro, quizá eso se debía a que esta había terminado.

Había algo extraño en Kyle, en su cuerpo ahora sin vida. Quizá debería haber parecido incómodo, desgarrador o incluso tétrico el verle en aquella camilla. Y lo era, pero algo hacía que pareciese estar en paz, como si aquello fuera lo que tenía que pasar. Quizá así era.

Pero a Annabelle no le importaba que eso fuera lo correcto, ni que ya no hubiera vuelta atrás, ni que los médicos le dijesen que debía separarse de la camilla para que pudieran meterla en la ambulancia. No le importó cuando le dijeron que sólo podían ir familiares en aquel vehículo, ni cuando Quentin le susurró con voz quebrada que debían irse a casa, ni cuando sus lágrimas estuvieron a punto de ahogarla.

En aquel momento, no le importaba nada. Sólo quería retroceder en el tiempo. Decirle que le quería. Cambiar las cosas. Quería mirar de nuevo a los ojos de Kyle, verle sonreír y ver cómo el gris de su iris se iluminaba. Quería sentir de nuevo los labios de Kyle contra los suyos, quería volver a hundirse en uno de sus abrazos y congelar el instante para siempre.

Pero era demasiado tarde.

Arrodillada junto a él en la ambulancia, sacó aquella nota de su bolsillo. Volvió a leerla una y otra vez hasta que cada palabra escrita en aquel trozo de papel quedó memorizada en su mente para siempre.

Al pasar la mano por la parte de atrás de la nota, sus dedos se tiznaron de grafito. Dio la vuelta a la hoja. Allí había un dibujo. Kyle había escrito su nota de suicidio sobre un boceto a lápiz de Annabelle.

Entonces lloró. Lloró hasta que no pudo más, ahogándose un poco con cada sollozo y hundiéndose en cada lágrima. Lloró todo lo que pudo, porque todo lo que le quedaba de Kyle era aquella estúpida nota. Era el último trocito de él.

Annabelle siempre había odiado las tragedias, y ahora se había convertido en la protagonista de una.

Estrellas. (Flashbacks 12)

viernes, 4 de julio de 2014


«All the pretty stars
shine for you, my love.
Am I that girl
that you dream of?»

Kyle.

La noche era oscura, aunque no tanto como unas horas antes. Eran las 4.28 y Kyle caminaba por las vías de tren. Esta vez, iba solo. Iba a llegar más lejos que todos los días que había visitado aquellos raíles. Normalmente, solo llegaba al rellano cubierto de piedras. Pero aquella noche planeaba andar hasta donde las vías de tren quedaban suspendidas en el aire. Y, una vez allí, todo habría terminado.


Annabelle.

Ella aún intentaba asimilar la visita de Kyle. ¿Cómo se atrevía a llegar allí y ponerlo todo patas arriba, para después volver a marcharse? Se preguntaba por qué había dicho que la iba a echar de menos.

Se tocó los labios. Aún podía sentir la boca de Kyle contra la suya. Si al quererlo aún era una estúpida, entonces ella era la estúpida más grande del mundo. Annabelle esperaba volver a verle. Esperaba poder arreglarlo todo.

Entonces recordó que, solo unas horas antes, esos labios que tanto añoraba habían besado a otros labios que no eran los suyos. Y sintió asco.


Kyle.

Había sido la noche más larga de su vida. También iba a ser la última. Se alegraba de que la última persona a la que había besado había sido a Annabelle. Se alegraba de que la última canción que había escuchado había sido Asleep. Precisamente esa canción le definía perfectamente en aquel momento. Respiró hondo y sintió el aire puro en sus pulmones.

Hizo una lista interna de todo lo que iba a echar de menos. El café del Penny Lane's. Las rosas rojas de Annabelle. Las vías de tren. Las canciones antiguas. El descapotable. La sonrisa de Annabelle. Los ojos de Annabelle. Annabelle.

Al final la lista entera quedó reducida a aquel nombre.

Pero tenía que hacerlo. Él no era bueno para nadie. Ni siquiera para él mismo.


Annabelle.

Ella recodó sus ojos y sonrió. Eran grises, como el cielo en un día de tormenta. Quizá era porque Kyle era una tormenta.


Kyle.

Miró al cielo. Había miles de estrellas, y después estaba la luna. Tan grande, tan brillante, tan acompañada pero a la vez tan solitaria. Era la clase de cosa sobre la que la gente escribía poesía. Entonces volvió a acordarse de Annabelle. Porque ella también lo era.


Annabelle.

Estaba cansada, en todos los sentidos. Se le cerraban los ojos. Había sido la noche más larga de su vida, y no había salido precisamente como ella esperaba. Demasiados sentimientos en una sola noche. Aquello había sido un caleidoscopio de emociones. La había dejado agotada. Mañana sería un día nuevo. Quizá vería a Kyle, quizá no -más bien era la segunda-, pero su vida no dependía de ello. El mundo no se acababa si ella terminaba con Kyle. Intentó convencerse de esto. Se durmió pensando en él.

Pero se equivocaba. En cuanto Kyle terminara con ella, su vida también lo haría.


Kyle.

Había tantos libros que aún no había leído. Tantas películas le quedaban por ver. Tantas canciones aún sin escuchar. Tantas bromas por hacer. Tantos chistes que contar.

Se dio cuenta de que solo estaba alargando las cosas. No quería encontrar razones para vivir, porque, al final, todo era inútil. Él no tenía remedio. Sabía que era un estúpido por pensar eso de sí mismo, pero no lo era. No te convierte en estúpido saber la verdad.

Él era un huracán fuera de control. Entraba en las vidas de la gente, las destrozaba y después se marchaba. Era un ciclo. Siempre funcionaba así. Así había sido con sus padres, así había sido con Jade, con todas las chicas con las que había salido, y ahora... ahora había sido igual con Annabelle.

Pensó tanto que, antes de darse cuenta, estaba en las vías de tren que colgaban sobre un precipicio. Miró abajo y le recorrió el miedo. Pero no era miedo a la muerte. No, eso ya lo tenía aceptado. Era el miedo a lo que ocurriría después. Era miedo a si Annabelle le extrañaría, si le lloraría o simplemente pondría cara de “oh, qué mala suerte”. Era miedo a ser olvidado, pero también a ser recordado. Deseó simplemente no haber existido. Todo hubiera sido más fácil así.

Tiró una piedra al vacío y contó cuánto tardaba en oírse su golpe contra el suelo.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco...

Seis segundos. No sabía lo que significaba. Sólo quería hacer lo de la piedra, porque lo había visto en alguna película. El seis sería una distancia bastante alta. No le importaba la distancia. Lo único que importaba era la intensidad del golpe. Pensó que era algo irónico que él estuviera pensando esto, porque se recordaba a sí mismo dicéndole algo a Annabelle al respecto del suicidio.

“La gente no muere de suicidio, mueren de tristeza.”

Él no iba a morir de tristeza. Él solo quería dejar de ser un estorbo. Dejar de ser un bache en los caminos de la gente.

No quería ser más una tormenta, ni un huracán. Él solo quería ser una estrella, una de esas miles de millones de estrellas que observaban a la gente desde el cielo oscuro de la noche. Se preguntó si todas esas estrellas serían personas. Se preguntó si había alguien que aún recordase a esas estrellas. Él iba a ser una de ellas, pronto.


Annabelle.

Se despertó sobresaltada. Una pesadilla. Sobre Kyle. Intentó tranquilizarse. Sólo había sido un sueño...


Kyle.

Hacía viento. El aire era frío. Él llevaba allí trece minutos. Eran las 4.41 y estaba empezando a tener sus dudas. Y se suponía que no podía tener dudas sobre aquello.

Así que lo pensó una última vez. Podía volver a casa, hacer como que nada había ocurrido. Ir al día siguiente a casa de Annabelle, solucionar las cosas. Seguir adelante. Pero sabía que después todo volvería a romperse. Aquello era un ciclo, un círculo que nadie podía detener.

Alea iacta est.

La suerte está echada. No puedes cambiar tu destino.

Miró una última vez a las estrellas y al cielo, que comenzaba a ser un poco más claro. El sol saldría pronto. Él quería morir de noche.

Todo parecía en orden, tranquilo, en armonía. Quizá el universo sabía que él se marchaba esa noche. Jodido universo y maldito destino. Aun así, hacía una noche agradable. Se escuchaba a un grillo cantando desde lejos. Las vías de tren eran familiares, conocidas. La brisa de verano le rozaba el rostro, le hacía sentir un poco más despierto.

Hacía una bonita noche para terminar con todo.

Despedidas. (Flashbacks 11)


 
 «I think I'll miss you forever, like the stars miss the sun in the morning skies.»
Se separaron. Jade se limpió las lágrimas.

-Y ahora, ¿me haces el favor de llevarme a casa?

-¿No puedes conducir tú solito?

-Jade, mírame. Estoy tan borracho que no creo que pueda llegar siquiera hasta el coche.

Ella rió.

-No tienes remedio. Anda, vamos.

Caminaron juntos hasta el coche. Kyle sabía que iba a ser la última vez que la viese. Le dolía, pero no tenía más remedio. Ella se sentó en el asiento del conductor.

-Nadie más que yo ha puesto el culo en ese asiento durante años.

-Es bueno saberlo.

Jade giró la llave y puso el coche en marcha. Condujo en silencio hasta el apartamento de Kyle. Ella era una de las únicas personas que sabían dónde estaba. Al llegar, se bajó del coche.

-Espera, espera, espera. ¿Cómo vas a irte a tu casa?

-Tengo dos pies y sé el camino, Kyle.

-Ni de broma. Te presto el coche.

Había sido una decisión difícil, pero quería que ella tuviera el descapotable. Jade puso una expresión de asombro.

-¿En serio?

-Claro. Todo tuyo -él se encogió de hombros, quitándole importancia.

-Pues... gracias.

Kyle se bajó del coche y ella volvió a sentarse en el asiento del conductor.

-Te echaré de menos, Jade. -decir esas palabras se sentía como si miles de cuchillos se clavaran a la vez en su pecho. No sabía si podría aguantar cuando se lo dijera a Annabelle.

Ella sonrió y puso los ojos en blanco. No sospechaba nada.

-Hasta mañana, Dixon.

-Te voy a echar de menos -repitió él.

Jade arrancó el coche y se fue. Él la observó marcharse. Después, entró en su casa. Había una carta en su buzón. Su corazón se aceleró al leer el remitente. Era de Annabelle.

La leyó una vez. Y después otra. Y otra. Quiso hundirse en esa carta. Esa carta la había dado aún más razones. Annabelle estaba destrozada. Todo era por su culpa.

Cogió un papel de entre sus bocetos y en él garabateó un par de palabras casi ilegibles. Le dolía escribir aquello. Era casi como sangrar una despedida. Dejó su nota encima de sus discos de The Smiths, porque sabía que Annabelle la encontraría allí.

No tenía coche, así que le llevaría un buen rato llegar al apartamento, pero no importaba. Se puso una chaqueta y salió a toda prisa. Aquella noche iba para larga.

***************************

Hacía solo unos quince minutos que Annabelle había vuelto de dejar aquella carta en el buzón de Kyle. Quizá se había apresurado dejándola aquella noche, pero no quería recibir visitas suyas. No estaba segura de querer verle nunca más.

Se tumbó en el sofá. Estaba agotada. Aquella noche le estaba pareciendo eterna. Cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño, aunque el intento no le duró mucho. La despertaron unos golpes en la puerta a los veinte minutos.

Se levantó, molesta y dispuesta a cargar toda su mala suerte a quien fuera que estuviera detrás de su puerta.

-¿Quién es? -preguntó. Su voz era cansada, triste, apagada. Irradiaba pesimismo. Era horrible.

-Annabelle, abre, por favor. Será solo un momento.

Esa voz... era inconfundible. Una oleada de duda la inundó. ¿Qué podía hacer? ¿Le dejaba entrar?

-Por favor -suplicó él.

Patético, pensó, pero después abrió la puerta. Ella también era patética.

Ante Annabelle se encontraba un Kyle demacrado, con ojeras surcando sus ojos grises y visiblemente destrozado. Quiso abrazarle, llorar, o pegarle un puñetazo. Así que no hizo nada. Se quedó allí, parada, mirándole.

-¿Qué haces aquí?

-Por favor, déjame hablar. Será un segundo. Es importante.

Se miraron a los ojos. Ella hizo un gesto de cabeza que decía continúa.

Así que él siguió hablando.

-Soy horrible. Solo sé hacerle daño a la gente que quiero. Estoy enamorado de ti, Rousseau. Pero no puedo evitar ser estúpido. Los estúpidos hacen estupideces. Y eso ha sido lo de esta noche, una jodida estupidez. Lo he vuelto a estropear todo. Lo siento. No sabes cuánto lo siento. Joder, ojalá pudiera volver atrás en el tiempo y arreglarlo... Pero las cosas no funcionan así. Yo soy un cabrón, y no te merezco. No merezco a nadie. Te mereces alguien que te haga feliz, Annabelle, no alguien que te destroce.

Las lágrimas nublaron la vista de Annabelle, quien intentaba mantenerlas en los ojos. Él no podía verla llorar. No podía.

De repente, Kyle se acercó aún más a ella, y antes de que pudiera darse cuenta, sus labios se estaban tocando. No fue un beso hambriento, como cabría de esperar, sino un beso inocente. Él echaba de menos el eterno sabor a café de los labios de Annabelle. Los iba a echar de menos, también. Para Annabelle, besar a Kyle se sentía tan... familiar. Tan seguro. Ambos quisieron congelar ese momento. Pero no fue posible.

-Te quiero -susurró Kyle contra los labios de Annabelle.

Ella no sabía en qué creer. No respondió. Kyle se separó de ella, y miró por última vez a los ojos de la chica de las rosas en la cabeza. La iba a echar de menos. Más que a nadie.

Disculpas. (Flashbacks 10)


 
 «You're trying, there's no need to apologize
I've got no time for feeling sorry»

Kyle seguía allí, de pie, en medio del aparcamiento. Tenía una botella en la mano, y se le cerraban los ojos. Pero no por el sueño dejaba de arrepentirse por lo que había hecho.

Había sido todo tan... rápido. Recordaba haber bailado con Annabelle. En ese momento se había sentido bien, mejor que nunca. Parecía que ella también lo estaba pasando bien. Kyle había visto esa sonrisa nerviosa en su rostro. Hasta que había levantado la mirada. Entonces, todo se había estropeado. Ella había dicho que tenía que sentarse, y no había vuelto.

Miles de preguntas habían inundado la mente de Kyle. ¿Se avergonzaba ella de bailar con él? ¿Es que no quería que les vieran en público? Aunque, claro, también podía haber sido por el hecho de que Annabelle sufriera aquella fobia tan extraña. Lo más probable era eso. Pero, en aquel momento, Kyle había estado cegado por el alcohol y la duda. Y eso había pasado factura.

Había hecho muchas estupideces aquella noche. Había besado a una chica que llevaba siendo su mejor amiga durante años. Había traicionado a la única persona de la que había estado enamorado.

Lo había fastidiado todo. Otra vez. Siempre acababa fastidiándola. Con sus padres, y ahora con Annabelle.

En aquel momento, quería morirse. Quería tirarse de un puente y terminar con todo aquello. Pero sabía que era cosa del alcohol y del sueño, y no quería cometer más errores.

Entonces, escuchó unos pasos tras él.

-¿Se han ido? -dijo una voz familiar. Sintió una punzada en el corazón.

Asintió. Dolía admitirlo. La había perdido.

Jade se puso a su lado y puso su brazo alrededor de los hombros de Kyle.

-Lo siento -susurró.

Él se apartó de ella, hundiéndose cada vez más en su arrepentimiento.

-Jade.

-¿Sí? -ella le miró a los ojos, con expresión de duda.

-Sabes que no siento nada por ti, ¿verdad?

Ella hizo un suave movimiento de cabeza de arriba a abajo. Sí, lo sé.

-¿Y sabes que ese beso no ha significado nada?

Jade sintió que algo dentro de ella se rompía. Ella también tenía sentimientos, y a veces la gente parecía olvidarlo. Pero, al ser Kyle, tuvo que perdonarle.

-Sí, lo sé.

Él asintió. Ella sintió que debía decírselo. Era el momento perfecto para confesarlo.

-Es solo que... llevo enamorada de ti desde los diez años. Nunca te has dado cuenta. Estabas tan ciego... Siempre me presentabas a tus novias. Siempre me rompía cada vez que te veía con alguien que no era yo. Pero para ti eso ha sido difícil de ver, ¿verdad?

-Yo...

-Espera. Esta noche, cuando Annabelle se mareó o lo que quiera que le pasara, pensé que podía ser mi oportunidad. Pensé que ya te habrías cansado de ella, o ella de ti. Aunque siempre eres tú el que se acaba cansando. Te iba a contar esto al final de la noche, Kyle. No esperaba que me besaras. Eso fue decisión tuya. No te creía capaz, creí que iba a tener que ser yo la que llevara la iniciativa. Olvidaba por un momento quién eres. Pero... Ahora me dices que ese beso no ha significado nada. Me das esperanzas para luego romperlas.

La mirada de Kyle estaba perdida. Sus ojos miraban hacia las estrellas, pero en realidad su mente estaba mucho más lejos. De modo que él era siempre el que hería a las personas. Y Jade era solo una persona más en la lista de víctimas.

-Lo siento.

-Sé que lo sientes. Pero eso no sirve de nada.

Kyle asintió.

-Lo sé. Y también lo siento.

Ella sonrió, con las lágrimas inundando sus ojos.

-Dices mucho que lo sientes.

-Lo siento.

Los dos rieron. Entonces él la miró a los ojos, y apartó un mechón de cabello celeste de su rostro. Ella era preciosa.

-Escucha. Tú eres genial. Y yo soy estúpido por haberte hecho sufrir, lo sé, pero es que... yo ya estoy enamorado sin remedio de Annabelle. Pero tú vas a encontrar a alguien, estoy seguro, y será alguien que merezca que le quieras, que te valore y no te haga sufrir. Encontrarás a alguien que no sea como yo, y serás feliz.

Ella sonrió de nuevo, mirando a los ojos grises de él. Las lágrimas surcaban su mejilla, tan saladas como el agua de mar en su pelo.

-Gracias. Eres una buena persona. Annabelle tiene suerte de tenerte.

-Gracias.

Annabelle es desgraciada por tenerme, pensó él. No había hecho más que herirla. Y sabía que lo que había hecho no tenía perdón.

-Ven aquí -dijo ella, y los dos se fundieron en un abrazo, como cuando tenían ocho años, se peleaban por cualquier tontería y acababan perdonándose a los cinco minutos. Solo que aquello era mucho más serio. Y había acabado con él. Del todo.

-Parece que volvemos a tener ocho años -comentó él.

Sintió la risa de Jade contra su pecho.

-Aún me acuerdo de lo estúpido e infantil que eras. Lo sigues siendo.

A veces, las bromas llevan algo de verdad. Esa broma lo llevaba. Kyle lo supo.

-Oh, cállate -dijo él, riendo.

Cerillas. (Flashbacks 9)

lunes, 30 de junio de 2014

«It was real, it was right, but it burned too hot to survive
all that's left is all these ashes.»

Eran las cuatro de la mañana. Por la ventana solo entraba la oscuridad de la noche y una suave brisa de verano. Todas las luces del apartamento estaban apagadas. Annabelle aún estaba sentada en el sofá, sin hacer otra cosa que observar la pared e intentar asimilar lo que había ocurrido tan solo unas horas antes. Seguía sin poder creerlo. Aquello debía ser un mal sueño, una estúpida pesadilla. Inclinó un poco la cabeza para poder mirarse en el espejo, y sus ojos, cubiertos de maquillaje destrozado por las lágrimas, la hicieron aceptar la cruda realidad. Todo había sido real.

Annabelle se tapó la boca para ahogar un sollozo e hizo un esfuerzo por no llorar. Miró al techo y parpadeó varias veces, obligando a las lágrimas a quedarse donde estaban, pero segundos más tarde volvía a estar hundida en su propio llanto, con su rostro tapado por sus manos. Doy asco, pensó. En ese momento, quiso hacerse daño a sí misma, se culpaba de todo lo que había ocurrido. Había sido ella la que había confiado en él. Estúpida. Por un momento, miró a los objetos afilados que había sobre la mesa, pero entonces su mirada pasó por encima de las cerillas y otro pensamiento vino a su mente.

Todo aquello podría haber sido un poco culpa suya, sí, porque ella había sabido sobre cómo era Kyle y aún así se había arriesgado, pero el hecho de que ella se sintiera como si estuviera vacía era culpa de él, de Kyle. Había sido él quien había tomado su confianza y la había roto en mil pedazos como si fuera cristal, había sido él a quien le había entregado su corazón y había sido él quien lo había destruido.

Con esta idea aún en su mente, Annabelle se acercó a la pequeña caja de cartón que había sobre la mesa. Le gustaban las cerillas. Más de una noche había estado sin poder dormir y ellas había sido sus únicas acompañantes en el insomnio. La ayudaban a pensar, y era hermoso ver cómo ardían.

Sacó la primera cerilla y la encendió. La cerilla iluminó toda la habitación en apenas un segundo, y ella se la acercó al rostro. Observó cómo aquella lucecita se movía de un lado a otro, como si fuera a apagarse en cualquier momento. Sin embargo, seguía ardiendo. Era irónico. Aquella pequeña llama, siendo algo inerte, parecía tener más vida que ella. Annabelle la observó quemarse. La observó hasta que la llama llegó a sus dedos, y acabó quemándose ella.

Entonces, un par de palabras vinieron a su mente. Era poco, pero al menos era algo. Podía darle forma. Cogió un papel y el bolígrafo de encima de la mesa y comenzó a escribir.

Querido Kyle:

A lo mejor debería tachar eso de «querido». No lo sé. Estoy demasiado confundida para saberlo.

Eras un peligro para mí, Kyle. Siempre lo supe. Pero me gustó arriesgarme. Me gustó arriesgarme por ti. Todos me habían hablado de lo cruel que eras. Me costaba creer que hablasen de ti. Pero, lamentablemente, ahora ya me lo creo.

Fuiste una cerilla ardiendo en mis dedos. Me gustó observar cómo ardías, aun sabiendo que corría el peligro de quemarme. No me importó. Me arriesgué por ti. Terminé quemándome. Y debería haberlo sabido.

Te he querido como no he querido a nadie. Aún te quiero... o eso creo. Me has enseñado muchas cosas. Me has cambiado, para bien. Me has enseñado a afrontar mis miedos. Me has hecho sentirme viva. Me has hecho sentirme libre. Me has hecho sentirme querida. Me has dejado volar alto, y después me ha dolido aún más la caída.

Me has hecho sentir tanto, que ahora sin ti ya no sé ni lo que siento. ¿Ves lo que me has hecho, Kyle? Me has destrozado. Y ahora estoy sola para recoger los pedazos.

Pensaba que había sido yo la estúpida por confiar en ti. Pero has sido tú el que me ha roto. Pensaba que eras el tipo de persona que rompía reglas, no promesas. Me hiciste una promesa. Fue lo más bonito que alguien ha hecho por mí. Pero quizá todo eso de «no me gusta hacer promesas» era también una fachada, para hacer que me enamorase aún más de ti. Si lo era, tendría que decir que funcionó.

No creo que vuelvas pidiendo disculpas. No puedo imaginarte arrodillado y suplicando perdón, Kyle Dixon. No eres el tipo de hombre que haría eso.

No sabes cómo desearía que todo esto no fuera más que un estúpido sueño. Una jodida pesadilla. Pero no lo es. Lo he comprobado. No lo es porque, si lo fuera, podría despertarme. Esto es real. Es real, y por eso siento ahora mismo algo dentro de mí muriéndose.

Puede que sea lo que alguna vez sentí por ti.

Recuerdo la primera vez que te vi. Fue como una escena de película. En aquel momento, todo parecía tan... perfecto. Pero, ahora, después de haber visto a Kyle Dixon en acción, no puedo evitar preguntarme en qué pensabas en aquel momento. Probablemente solo querías aprovecharte de la chica estúpida que tomaba café sola.

Ojalá pudiera quemar todos los recuerdos que tengo de ti con estas cerillas. Los momentos en el Penny Lane's, en las vías de tren, cuando te dibujé aquellos retratos, en el coche de tu padre, cuando hiciste aquella promesa que has roto en mil pedazos... Todo. Pero para eso, estas cerillas son inútiles.

Hiciste que me sintiera importante. Apreciada. Querida. Viva. Pero ahora no siento nada. Solo dolor.
Adiós,
-Annabelle

Desastre. (Flashbacks 8)

viernes, 30 de mayo de 2014

 
«Until I'm no longer human and you're no longer sane
my face is hard with anger, but I want you just the same.»

De vuelta en el descapotable blanco de Kyle, Annabelle tenía los pies sobre el salpicadero y las manos cruzadas sobre el pecho, trantando de traquilizarse. Su respiración se había calmado bastante, pero seguía sintiendo como si algo dentro de ella fuese a explotar de ella. Sí, ella era Annabelle Rousseau. Pero quizás, sólo quizás, ella no podía con todo.

Cerró los ojos, respiró hondo y abrió la puerta del coche para salir. Kyle la siguió. Annabelle se acercó a él, quitándole el extraño aunque informal sombrero negro que él llevaba para ponérselo ella y le dedicó una sonrisa más o menos sincera. Kyle la besó con cuidado y entrelazó sus dedos entre los de ella, y caminaron juntos hacia la multitud.

-¿Qué es esto, entonces? ¿Un concierto? ¿Una fiesta?

-Es una fiesta -respondió Kyle, mientras le daba los pases al tipo de la entrada, que parecía un luchador de sumo con cara de pocos amigos-, pero con música en directo.

-Podéis pasar -dijo Luchador de Sumo.

Ella asintió, asimilando la idea de que iba a entrar en un lugar donde había una aglomeración. De muchas, mucha gente. Toda junta. Se masajeó las sienes para intentar tranquilizarse, y notó que su frente estaba cubierta de sudor frío.

-Eh, tranquila -la calmó Kyle, notando como ella se tensaba y casi se caía de sus tacones-. Ya verás. Te gustará.

Llegaron a donde estaba toda la gente. Delante de ellos había un pequeño e improvisado escenario, con una batería, un micrófono y amplificadores. A los lados de ese sitio -que estaba al aire libre, o de lo contrario Annabelle ni habría pensado en ir- estaban colocadas dos mesas; una con aperitivos y otra a modo de barra, con asientos altos junto a ella. Un hombre joven con barba de varios días preparaba bebidas para una pareja con la cara agujereada por piercings y la piel cubierta de tatuajes. La gente aquí es extraña, pensó Annabelle, aunque era mucho más probable que ella fuese la extraña.

-¿Quieres beber algo? -preguntó Kyle, a lo que ella respondió moviendo su cabeza una pulgada hacia arriba y otra hacia abajo, con un gesto que pretendía decir sí.

Annabelle miró a su alrededor. En el pequeño espacio que ocupaba aquella fiesta, seguramente no cabría ni un alfiler más. Cientos de cuerpos bailaban -con movimientos resumidos en dar saltitos con un puño en el aire- frente al escenario, en el que ahora tocaba un grupo de personas no mucho más mayores que Annabelle. El cantante era rubio, y por lo que podía ver sus ojos eran de un azul celeste gélido. Tenía una hombros delgados y aspecto debilucho, aunque ser el cantante de un grupo le hacía verse bien, al menos desde el punto de vista de Annabelle.

Las personas que bailaban tenían el aspecto más extraño y más variado que ella hubiera visto jamás. Había personas vestidas de negro, chaquetas de cuero con tachuelas cubrían sus hombros y botas militares sus pies. También había gente con el pelo de colores vivos, algunos de amarillo chillón, otros naranja fluorescente, rosa fucsia e incluso azul neón.

En ese momento, Kyle se le acercó con las bebidas. Con él iban dos personas más. El cantante del grupo, que al parecer había sido reemplazado por un tiempo por un chaval pelirrojo, y una de las chicas con el pelo de colores que había visto en la pista de baile. Ella llevaba el pelo en un tono azul celeste que resultaba agradable para la vista, no como muchos de los otros colores que podían verse frente al escenario.

-Annabelle, ellos son unos amigos que quería presentarte.

-Hey -dijo el cantante- soy Quentin. Un placer.

-Annabelle -dijo ella, saludándole tímidamente con la mano.

-Te llamaré Belle -ella abrió la boca para quejarse, pero Quentin la interrumpió-. ¿Qué? Te queda bien ese nombre.

Ella se sonrojó, y, para disimularlo, puso los ojos en blanco.

-¿Sabes?, yo compartí piso con Dixon. Este tío ronca por las noches como un cerdo con resfriado. Fueron los tres años que peor he dormido en toda mi vida.

-Esa información sobraba, Q -dijo Kyle, dándole un codazo a su amigo.
Annabelle rió con ganas. Ya no la incomodaba tanto eso de estar entre toda aquella gente. A lo mejor terminaba pasándolo bien esa noche. O a lo mejor no.

-Eh -dijo Pelo Azul-, creo que sigo existiendo, aunque hayáis decidido excluirme de la conversación.

-Perdona -se disculpó Kyle-. Annabelle, esta es Jade.

Annabelle fue a darle la mano, pero ella simplemente se lanzó y le dio un fuerte abrazo, como si la conociera de toda la vida. Al principio Anabelle se tensó, ya que no estaba acostumbrada a abrazar a extraños, pero después la abrazó también. Su cabello olía a agua salada y estaba bastante húmedo; estaba claro que había estado hacía poco en el mar.

-Pareces maja -dijo Jade, sonriéndole.

-Gracias. Estoy casi segura de serlo -bromeó Annabelle-. Tú también pareces maja.

En ese momento, alguien llamó a Quentin a través de los altavoces. Era el pelirrojo que le sustituía en el escenario, anunciando que debía volver a su puesto.

-El deber me llama -se lamentó el joven, haciendo una mueca de «qué le vamos a hacer». Antes de que se fuera, Kyle le hizo una señal para que se acercara y le dijo algo al oído. Quentin asintió y se marchó, perdiéndose entre la gente.

Annabelle frunció el ceño, preguntándose qué le habría dicho. Se imaginó que sería alguna broma de tíos, algo así como "eh, mira, la tía del pelo naranja chillón está bien para ti", y Quentin habría asentido queriendo decir "sí, puede". Aunque esa era sólo una de las opciones. Tonterías, pensó Annabelle, no le des más vueltas.

Entonces unas notas de piano conocidas empezaron a sonar a través de los amplificadores. Annabelle miró hacia el escenario, donde el pelirrojo había ocupado el lugar del teclado. Sus finos dedos de pianista bordaban a la perfección la melodía de Asleep. Oh, Dios. Era Asleep. El corazón de Annabelle dio un vuelco en su pecho, y, aunque no le gustara admitirlo, se emocionó en cuanto supo qué era lo que Kyle la había dicho a Quentin.

Aquella era su canción.

-¿Me concedes este baile? -preguntó entonces Kyle, ofreciéndole su mano a Annabelle.

-Eres un cursi -replicó ella, con una sonrisa-, pero sí.

Ella puso los brazos alrededor del cuello de Kyle, entrelazando los dedos en su nuca. Él puso las manos en la fina cintura de Annabelle, y sus dedos podían rodearla sin problema. Parecía tan pequeña, tan... frágil. Pero Kyle sabía que no era así. O al menos, eso creía.

La voz de Quentin era casi irreconocible entre la profunda letra de aquella hermosa canción, pero la interpretaba con bastanete sinceridad, y entonaba que daba envidia.

Kyle y Annabelle bailaban con pasos lentos, con las cabezas agachadas y sus frentes una contra la otra. Annabelle podía oír el sonido de la respiración de Kyle, notaba el tranquilo latido de su corazón, y eso la calmaba.

-Te quiero -susurró ella.

-Te quiero -le dijo él de vuelta.

Annabelle subió un poco la vista para mirarle a los ojos y se topó con muchos otros pares de pupilas clavadas en ellos. Los. Estaban. Mirando. Todos. De repente notó cómo su pulso se aceleraba, y notó como si el corazón se hubiera mudado de su pecho para trasladarse a su gargante. Sentía que si decía una sola palabra, el corazón se le saldría por la boca. Sus piernas flaquearon. Comenzó a temblar como un flan.

-¿Estás bien? -preguntó Kyle, preocupado, cuando notó que ella había cargado su peso sobre él al no poder sostenerse.

-Sí... -dijo ella con dificultad. Se aclaró la garganta-. Sí -repitió con seguridad-. Sólo necesito sentarme un rato.

-¿Quieres que te acompañe?

-No, tranquilo. Puedo sola. Será un rato. No te preocupes.

La canción había terminado y la gente aplaudía entusiasmada a la actuación del grupo. Annabelle se escabulló entre la gente, y notó sus ojos clavados en la nuca, mientras caminaba mirando al suelo. Por fin encontró unos asientos frente a la mesa de aperitivos y se sentó.

El tiempo pasó rápido y pronto "un rato" pasó a ser media hora, y esa media se convirtió en una, y quien sabe en cuánto más pudo convertirse esa hora. Y allí estuvo todo ese tiempo, observando a Quentin interpretar el más largo repertorio de canciones que jamás había escuchado. Kyle no fue a buscarla, pero ella no lo notó, estaba demasiado ocupada comiendo todo lo que le ponían por delante y mirando a la gente bailar. Parecían felices. Ugh, qué amarga la parecía esa felicidad a Annabelle.

Cuando miró su reloj, eran más de las dos de la mañana. Sus ojos comenzaban a cerrarse, así que decidió buscar a Kyle para marcharse a casa con él. En su mente, cuando se marcharan de allí, todo volvería a ser normal. Hablarían en el descapotable sobre la noche, Annabelle comentaría algo sobre la voz de Q, y después cada uno se iría a su casa. Seguirían con sus vidas, yendo cada día al Penny Lane's y de vez en cuando a las vías de tren. Annabelle no volvería a pisar una fiesta. Nunca. Más.

Lástima que la realidad no fuese a ser así. Al menos, no del todo. La realidad nunca es tan hermosa como la vemos en nuestra imaginación.

Annabelle volvió a meterse entre toda aquella gente, y arrugó la nariz. Allí olía exageradamente a alcohol. Probablemente estaban todos borrachos. Las palomitas, las patatas, y todos los aperitivos le pesaban en el estómago Ella era la única gilipollas que no había sido capaz de beber en toda la noche. Genial.

Sus ojos encontraron la cabeza de Kyle. No supo como sabía que era él, ya que estaba de espaldas, pero el caso era que lo sabía. Tenía la cabeza extrañamente agachada, como si estuviera hablando con alguien mucho más pequeño que él.

Pero entonces se dio cuenta, y toda ilusión se rompió dentro de ella. Estaba besando a alguien. Ese alguien tenía un leve olor a mar y el cabello celeste.

Dios, susurró ella. La chica era Jade.

Las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos, y se tapó la boca para ahogar un sollozo. No podía creerse lo que estaba viendo. Delante de sus narices, la persona a la que más amaba en el mundo la estaba traicionando. Por muy borracho que pudiera estar. Deseó con todas sus fuerzas que fuera sólo un mal sueño, pero muy en su interior sabía que no era así.

Las cabezas de Kyle y Jade seguían pegadas cuando alguien detrás de ella dijo:

-Oh. Dios. Mío.

Era Quentin, que ya había dejado el escenario. Estaba tan asombrado como ella, aunque no estaba tan dolido. Por supuesto que no.

Annabelle se dio la vuelta con la cara empapada de lágrimas y le susurró con voz rota a Quentin:

-Llévame a casa. Por favor.

Él asintió sin decir una palabra y la rodeó con un brazo, y solo entonces, mientras caminaban al aparcamiento, ella se permitió sollozar, llorar, y gritar todo lo que se había callado. Dios, la había traicionado por esa puta de Jade. Su Kyle. Nunca esperó algo así de él. Pero claro, había olvidado que él era Kyle Dixon. El rompecorazones despiadado.

Se subieron en el pequeño coche de Q, y ella, todavía llorando, le dio su dirección para que la llevara. Entonces oyó la voz de Kyle desde tan solo unos metros de distancia. Estaba claro que la había visto marcharse.

-Annabelle -dijo, arrastrando las sílabas de una manera extraña y repugnante. Estaba claro que estaba borracho. Se dio cuenta en cuanto ella lo miró de que estaba llorando-. ¿Annabelle? Oh... Dios. Lo has visto.

Ella lloró aún más. Él había sido consciente del beso y no se había apartado.

-Lo... lo siento.

-Cállate la jodida boca -le escupió ella-. Arranca -ordenó a Quentin.

El coche salió del aparcamiento antes de que Kyle pudiera pronunciar una palabra más. Se quedó allí, de pie y tambaleándose, borracho como una cuba y con la culpabilidad ahogándole.

Al llegar a la puerta del apartamento de Annabelle, ella no movió ni un músculo. Seguí sollozando entre sus rodillas. El llanto sonaba doloroso incluso para él.

-Annabelle -dijo Quentin-. Eh, Belle, ven aquí.

El nombre le hizo sonreír un poco, y al instante estuvo llorando aún más, pero entre los brazos de Quentin. Se sentía bien allí. Entre sus brazos se sentía segura, aunque seguía destrozada por lo que Kyle había hecho, y dudaba que nada pudiera arreglarlo.

Kyle había roto su corazón en pedacitos tan pequeños que todos y cada uno de ellos se habían perdido. No podía repararlo. No podía encontrarlo.
La había convertido en un jodido e irreparable desastre.

Extraña. (Flashbacks 7)

miércoles, 28 de mayo de 2014

«I'd like to be my old self again
but I'm still trying to find it.»

En el interior del descapotable blanco, los ojos de Kyle seguían posados sobre Annabelle. Ella estaba observando a las personas que se unían a la gran multitud de en frente al escenario. Todas hablaban a la vez, contribuyendo a la contaminación auditiva que pronto iba a provocar que los oídos de Annabelle estallasen. Se sentía horrible en aquel momento. Tenía un nudo en la garganta que provocaba que no pudiera articular ni una sola palabra. Le quemaban los ojos, y, por mucho que trataba de ahogar las lágrimas, ellas encontraban la manera de salir a flote a través de sus ojos. En el pecho sentía como si tuviese un globo que se inflaba cada vez más, y este fuese a explotar de un momento a otro.

-Annabelle -dijo Kyle con voz tranquilizadora-, cálmate. Lo pasarás bien, confía en mí.

Confiaba en él, pero eso no hacía que dejara de sentirse como un pez fuera del agua en aquella fiesta llena de gente. Annabelle tenía anthrophobia, miedo a la sociedad y a la gente, aunque sólo le aparecía esta fobia cuando estaba en sitios con grandes multitudes de personas. Kyle, sin conocer acerca de ese detalle sobre ella, la había invitado a acompañarle. Le había hecho falta mucho valor y toda su fuerza de voluntad para convencerse a sí misma de que estaría bien ir, tratar de superar su miedo, enfrentarse a él.

Así que, dos horas antes de que Kyle la recogiera, se había vestido -muy distinta a lo que solía- con unos shorts vaqueros desgastados, una camiseta con la bandera americana y unos tacones que la hacían sentirse como si estuviera continuamente haciendo equilibrios en una cuerda, y se había delineado los ojos también en el párpado inferior, algo que no solía hacer nuca. Cuando se miró en el espejo, arrugó la nariz a su reflejo. Se veía muy diferente, y no estaba segura de si le gustaba. Se encogió de hombros, decidiendo no pensar más en ello y giró sobre sí misma para dirigirse al salón, tropezando por culpa de los tacones. Se apoyó en su escritorio para no caer al suelo. Cuando consiguió volver a levantarse, se dio cuenta de que no eran solo los zapatos los que le impedían mantener el equilibrio. La cabeza le daba vueltas, sentía como si se fuese a desmayar en cualquier momento.

Le costó trabajo llegar al sofá, y una vez allí se tumbó, con la cabeza en uno de los cojines y los pies sobre otro. Dándole un manotazo al reproductor de música que había en la estantería junto al sofá, hizo que la música comenzara a sonar, con el CD que había dejado puesto Kyle algunos días antes. Y, con las notas de Summer Begs acariciándole los oídos, Annabelle cerró los ojos y se quedó dormida.

La despertó la canción que tenía asignada como tono de llamada a Kyle, Annabelle. Sólo cuando abrió los ojos se dio cuenta de que no procedía del reproductor, sino de su móvil, que estaba justo al lado de su oído, y esa había sido la razón por la que se había sobresaltado. Aún adormilada, despegó la cara del brazo del sofá y descolgó el teléfono.

-¿Diga? -dijo, intentando sonar despierta.

-Estoy abajo -dijo la voz de Kyle al otro lado del teléfono.

Mierda, pensó ella.

-Estupendo -respondió Annabelle, forzando una sonrisa para convencerse a sí misma-. Bajo en cinco minutos.

Colgó el teléfono, se levantó del sofá y se calzó los tacones. Se frotó la cara para despertarse un poco, y entonces se acordó del maquillaje. Mierda, mierda, mierda. Corrió al cuarto de baño a lavarse la cara y a pintarse de nuevo. Una vez hubo terminado, se miró a los ojos en el espejo y sonrió.

-Soy Annabelle Rosseau -le dijo a su reflejo, con voz segura y decidida-, y puedo con todo.

Promesas. (Flashbacks 6)

domingo, 25 de mayo de 2014


«All the best lies, they are told with fingers tied.
So cross them tight when you promise me tonight.»


Annabelle caminaba de puntillas por el borde de aquella carretera. Era martes, más o menos a las seis de la tarde, y el sol parecía intentar esconderse tras las nubes, tiñéndolas de colores cálidos y vivos. Era uno de los momentos del día favoritos de Annabelle. Normalmente admiraba aquel paisaje desde su apartamento, pero los altos edificios de la ciudad no la dejaban observar como ella quería, así que ese martes decidió salir al campo para poder disfrutar del todo de aquella vista.

Era abril, y había empezado a hacer calor, por lo que ella se había deshecho de su larga cabellera pelirroja y se había cortado el pelo a la altura de la barbilla. Eso sí; sus características y extravagantes rosas rojas seguían sobre su cabeza. Las puntas de su cabello se balanceaban y le rozaban la cara a cada paso que daba, lo que, sumado a la suave brisa, era una sensación agradable.

Se había alejado casi cuatro kilómetros de la ciudad a pie, y, aunque el dolor empezaba a molestarle, seguía caminando, respirando el aire puro del campo. Estaba bastante cerca de las vías de tren, y se prometió a sí misma que más tarde se acercaría a ellas. No tenía muy claro el objetivo de aquello, ya que Kyle no estaba con ella. Simplemente iría y recordaría la primera vez que Kyle la había llevado allí. Desde entonces, aquel sitio se había convertido en suyo, en algo que compartir.

Ante Annabelle, la carretera se extendía hasta más de donde la vista podía alcanzar. Había una tranquilidad tan distinta del bullicio de la ciudad, que ella se sintió como en casa. Tan solo se escuchaba algún que otro pájaro cantando, el correteo de las ardillas escondiéndose en los árboles, y el suave sonido del viento. Una pequeña ardilla miró a Annabelle, curiosa, y ella le hizo una mueca, provocando que el animal huyera, asustado. Ella soltó una risita y siguió caminando.

De repente, un ruido de ruedas rozando contra el asfalto sobresaltó a Annebelle, que saltó a un lado para alejarse de la carretera. El sonido se sentía cada vez más cercano, y ella se volvió para ver al coche que se acercaba. Cuando reconoció el descapotable, le sonrió en la distancia.

Kyle.

El descapotable blanco se acercaba cada vez más, y no paró cuando estuvo justo al lado de Annabelle. En su lugar, ella oyó a Kyle gritar:

-¡Te echo una carrera!

¿Una carrera? ¿Se creía que ella correría detrás del coche? ¿Estaba loco? La primera pregunta se respondía con un sí, la segunda con otro sí, y la tercera con un puede. Pero, seamos sinceros, Annabelle tampoco estaba muy bien de la cabeza, por muy cuerda que pudiera parecer. Así que se deshizo de su calzado, miró al coche, que se alejaba rápidamente, y con una sonrisa decidida, echó a correr lo más rápido que pudo.

De alguna extraña manera, supo hacia donde se dirigía Kyle. Las vías de tren no están tan lejos, se dijo a sí misma, puedes aguantar el dolor un poco más. La planta de los pies le producía un dolor punzante cada vez que lo apoyaba en la carretera, pero intentó no pensar en ello. Sorprendentemente, alcanzó al coche a los dos minutos -sobra decir que Kyle había disminuido bastante la velocidad-, y llegó a la vez que él a las vías de tren.

En cuanto llegó, se tiró literalmente sobre la hierba que había brotado allí durante los dos últimos meses y aspiró su olor. Le gustaba el aroma de las plantas en general; flores, césped, árboles, lo que fuera.

Oyó el coche de Kyle frenar junto a ella, sin embargo, no volvió la vista. Cerró los ojos e intentó relajar su respiración. Le dolía todo el cuerpo, pero aquel dolor le hizo sentirse viva.

Notó a Kyle sentándose a su lado y se enderezó, con cuidado. Él llevaba un ramo de algo. Annabelle intentó fijar la vista y consiguió distinguir las flores que Kyle le había traído. Margaritas.

-Feliz martes 13 -dijo, entregándole las margaritas.

-Parece que vives en otro mundo, Kyle Dixon -replicó ella, aunque aceptó las margaritas. Había exactamente trece de ellas-. ¿Nadie te ha dicho aún que los martes 13 dan mala suerte?

-¿Quién ha dicho que eso sea cierto? -Ella sacudió la cabeza con una expresión de «no tiene remedio»-. No creo en eso de la mala suerte. Las cosas simplemente ocurren, no importa el día que sea. Puedes romperte una pierna tanto un martes 13 como un lunes 12.

-Parece que le has dado muchas vueltas.

-Digamos que he tenido mucho tiempo libre -dijo Kyle, riendo.

-Gracias -Annabelle se acercó para besarle.

No solían comportarse como parejas normales, no hacían manitas en los restaurantes ni se besaban cada cinco minutos. Ni siquiera tenían muy claro lo que eran. Tan solo sabían que se querían, y, por muy cursi que sea, con eso les bastaba.

Se quedaron un rato observando el sol tras las nubes, con sus dedos entrelazados, compartiendo silenciosamente el momento más bonito del día. Probablemente Kyle nunca llegó a enterarse, pero Annabelle había compartido algo importante con él, lo que quería decir que confiaba en él. Y, a veces, la confianza puede ser nuestro peor error.

-Kyle -susurró ella, de repente.

-¿Sí?

-¿Prometes que nunca me dejarás?

Aquello era una pregunta seria, Kyle lo notó porque la voz de Annabelle sonaba quebrada, como si le costara sacar las palabras de su garganta, como si fuera a echarse a llorar en cualquier momento. Se tomó un tiempo antes de contestar.

-Normalmente no hago promesas -al decir esto, notó que ella se desilusionaba, y casi  pudo ver en sus ojos algo dentro de ella rompiéndose, por lo que continuó rápidamente-, porque hacer una promesa es como adelantar lo que ocurrirá en el futuro, y el futuro es algo incierto. No podemos predecirlo, ni tampoco cambiarlo. Pero, Rosseau, por ti haría cualquier cosa, lo sabes.

En la garganta de Annabelle se formó un nudo, y quiso golpear a Kyle por haberle dado tal susto. Por un momento había creído que él se marcharía, que no se comprometería a una promesa como aquella.

-Lo prometo -dijo él.

Ella le abrazó inmediatamente, sintiendo como si fuera a explotar en cualquier momento. Tranquilidad, entusiasmo, amor, tristeza, sorpresa, alegría. Demasiadas emociones para solo diez minutos.

-¿Lo prometes... por nosotros?

-Por nosotros -respondió Kyle, tranquilizándola.

Teniendo en cuenta lo que ocurrió la semana siguiente, esta promesa fue jodidamente irónica. Pero Annabelle la creyó, y Kyle creyó de verdad que la cumpliría.

Y ese fue su gran error.

Libertad. (Flashbacks 5)

domingo, 27 de abril de 2014


«We're children of the bad revolution, and party is the only solution.»

-Esta canción es mi favorita -comentó Kyle, disfrutando de la música que inundaba el aire de la habitación.
Annabelle estaba apoyada en el pecho de Kyle, tumbada sobre el sofá y con los pies descalzos sobre un cojín. Era tan solo la segunda vez que él la llevaba a su casa, ya que no solía llevar allí ni siquiera a sus amigos. Era una manía un tanto absurda, pero a Kyle no le gustaba que se supieran dónde vivía. Sin embargo, sentía que en ella sí podía confiar. Al fin y al cabo, era Annabelle, su pelirroja francesa, su chica de las rosas en el pelo.
La única chica que había conseguido entrar en su corazón, al parecer, para quedarse.
Entre aquellas cuatro paredes se respiraba tranquilidad, algo que los dos jóvenes no habían tenido desde hacía bastante tiempo. Las notas de Asleep, aquella canción de The Smiths, flotaban en el aire creando una atmósfera apacible. Llevaban casi toda la mañana allí tirados, escuchando las antiguas cintas de recopilatorios que tenía Kyle. En ellas estaban sus canciones favoritas, le encantaba compartirlas con Annabelle, ya que para él eran algo importante.
-No está nada mal -admitió ella, cerrando los ojos y hundiéndose en la música-, sobre todo el acompañamiento del piano.
Annabelle sabía que Kyle había ido a unas cuantas clases de piano hacía no más de cinco años -de hecho, el chico aún guardaba un viejo teclado que anteriormente había pertenecido a su madre-, pero por más que le había insistido en que le hiciera una demostración con aquel hermoso instrumento, él no cedía. Quizás se avergonzaba de aquella parte de él, del Kyle pianista que sentía atracción hacia el arte y se interesaba por este, y no quería que nadie lo viera. Era como si tuviera dos personales distintas, y con Annabelle mostrara la segunda, la más amable, aunque no del todo. Aún ocultaba su faceta de pianista.
-Sé lo que estás intentando -dijo Kyle, mirándola con una media sonrisa que intentaba reprimir-, y mi respuesta sigue siendo no.
-Oh, vamos -insistió ella, de nuevo-. ¿Tanta vergüenza te da que alguien te vea tocando el piano? Sabes que puedes confiar en mí.
-No es eso -contestó él, con un tono cortante-. Y, por favor, ¿podemos cambiar de tema?
-Ag, está bien.
Asleep finalizó con aquellas últimas notas de caja de música que tanto le gustaban a Kyle.
-Esto empieza a parecerme demasiado tranquilo, ¿no crees?
Annabelle lo pensó con detenimiento. Se habían pasado las últimas semanas sin parar ni un solo segundo, corriendo por las vías de tren, con su enérgica risa sonando a todo volumen, y visitando de vez en cuando el Penny Lane's Café para descansar un poco de sus largas caminatas a través de aquellos raíles.
Era verdad que habían pensado que necesitaban un poco de tranquilidad, pero al quedarse allí, tan quietos que hasta podían escuchar el sonido de su propia respiración, ambos sentían un vacío en el pecho, como si les faltara algo.
Y los dos sabían que la diversión iba a ser la única solución para aquello.
-Ahora que lo dices... síp. Demasiado tranquilo -dijo ella, asintiendo con la cabeza.
-Deberíamos hacer algo.
-Pero, Kyle, ¿no estás un poco destrozado de andar todo el día? En serio, no creo que mis pies puedan dar un solo paso más.
De repente, a Kyle se le encendió la bombilla y una idea cruzó por su mente. Sonrió de nuevo, pero esta ves, sus ojos grises se iluminaron. Annabelle conocía aquella mirada mejor de lo que jamás hubiera pensado.
-No necesitaremos andar -dijo, con tono de estar intentando hacerse el interesante, algo que funcionaba con todas las chicas menos con Annabelle, aunque, esta vez, la pelirroja frunció el ceño y dirigió a Kyle una mirada de no estar entendiendo.
-¿A qué te refieres?
-Tú sígueme.
Annabelle se calzó sus desgastadas Converse rojas y siguió a Kyle a través del pasillo. Cuando llegaron al final, él abrió aquella puerta metálica que nunca antes había abierto a nadie y que la pelirroja se había preguntado tanto qué habría tras ella.
Misterio resuelto. Tras ella no había una sala de música o un estudio, como Annabelle había imaginado, sino un amplio garaje, en el que Kyle guardaba su mayor tesoro. A la chica se le escapó un pequeño grito ahogado cuando vio el coche. Aquel descapotable blanco resplandecía, y a pesar de sus evidentes años de antigüedad, estaba en un perfecto estado.
-No suelo enseñárselo a nadie -admitió Kyle-. Es lo único que me queda de mi padre.
Así que eso era. El piano había sido de su madre, y aquel coche, de su padre; debían de ser sus mayores tesoros, y ella entendía que los guardara con tanto apego. Annabelle se preguntó qué les habría pasado a sus padres, sin embargo, no preguntó nada, con intención de no herirle.
Tras un minuto en el que el garaje quedó sumido en un incómodo silencio, Kyle dijo, con tono de galán:
-¿Te apetece dar una vuelta?
Ella sonrió.
-Por supuesto.
Subieron al coche, que arrancó con un sonido sorprendentemente suave. Con la misma suavidad, se deslizó hacia la carretera. Los primeros minutos, Annabelle se dedicó a observar el paisaje, aquel desierto paraje que tan solo mostraba unos cuantos árboles de vez en cuando que les rodeaba, y a los pájaros volando, libres, por aquel infinito cielo azul.
Una pregunta vino de repente a la mente de la pelirroja.
-Y... ¿a dónde vamos?
-A ninguna parte -dijo Kyle, encogiéndose de hombros y apartando los ojos de la carretera para dedicarle una pequeña sonrisa a Annabelle.
A ella le sorprendió aquella respuesta tan imprecisa, tan extraña y a la vez preocupante. Pero no se dejó llevar por el miedo y permitió que una fuerte carcajada escapara de su garganta. El coche empezó a acelerar, quizás incluso más de lo permitido, y el viento rozó con fuerza los rostros de los dos jóvenes. Ese sentimiento tan extraño volvió a inundarles.
Kyle hizo un gesto a Annabelle como para que se levantara en el asiento, y ella al principio dudó, temiendo caerse, pero terminó confiando en él. ¿Cómo no iba a confiar en Kyle, si a veces pensaba que él la conocía mejor que ella misma?
Entonces, dejándose llevar, Annabelle se levantó del asiento y se puso de pie, abriendo los brazos, y se sintió ligera, igual que uno de esos pájaros que surcaban el cielo, como si fuera a salir a volar en cualquier momento. El viento la azotó con mucha más fuerza que antes, y su cabello pelirrojo floto en el aire como si la gravedad lo hubiera abandonado, aunque, por suerte, las rosas rojas seguían aferrándose con fuerza a su cabeza, negándose a caer. Había algo en aquel momento que la hizo sentirse bien. Cerró los ojos e inhaló fuertemente aquel aire, que era justo el que hizo que aquel vacío en su pecho volviera a llenarse, y se sintió bien de nuevo.
Era como estar respirando libertad.

Obsequios. (Flashbacks 4)

miércoles, 16 de abril de 2014

 
«And I don't know why, but with you I'd dance in a storm in my best dress, fearless.»

Eran las cinco de la tarde y Kyle estaba observando las nubes, sentado en aquellas viejas vías de tren, en aquel lugar que anteriormente había compartido con Annabelle. Hacía un día gris, casi igual que aquel en el que los dos jóvenes se habían tumbado juntos a contemplar el cielo y a pensar. Casi como aquel día en el que habían compartido el silencio.
Sin embargo, aquel día parecía tener menos color, ya que la pelirroja no estaba allí. Kyle la había llamado para ir al Penny Lane's Café o a cualquier otro sitio juntos, pero ella había rechazado la oferta. Le había dicho al chico que estaría ocupada terminando algo.
Y era ese algo el que rondaba por la cabeza de Kyle desde la llamada de teléfono que había compartido con Annabelle. Por su mente había varias preguntas que no dejaban de atormentarle, y a las que no encontraba respuesta. ¿Qué sería lo que tenía que hacer Annabelle? ¿Estaba ella con alguien? En caso de que la respuesta fuera sí, ¿con quién? ¿Y por qué prefería estar con esa persona antes que pasar el día con él? ¿Por qué lo que estaba haciendo era tan importante como para dejarle tirado a él?
Cuanto más se hacía estas preguntas, menos clara estaba la respuesta, y gracias a esto, una estúpida duda iba creciendo cada vez más en su pecho. Quería que ella estuviese con él. Le importaba muy poco lo que tuviese que hacer. La necesitaba a su lado, y se odiaba por ello.
Se odiaba porque nunca había dependido de aquella manera de una chica. Se odiaba porque no quería hacer una montaña de un grano de arena. Se odiaba porque no quería ser posesivo con ella. Se odiaba porque se había enamorado sin remedio de la pelirroja.
Pero era algo que ya no podía solucionar. Él era Kyle Dixon, el joven que enamoraba a las chicas con sólo una mirada y una media sonrisa pícara, el que no tenía que decir más de dos palabras para conquistar a cualquier mujer, el que controlaba las relaciones y las dejaba cuando se cansaba de ellas. Sin embargo, aquella relación no la tenía controlada. Sentía un vacío cuando ella no estaba allí. Sentía que todo se iluminaba cuando la veía llegar, con su cabello rojizo alborotado y repleto de rosas frescas. Estaba enamorado de verdad.
Y, joder, estar enamorado dolía.
Dolía mucho.
Kyle dio un trago a su cerveza y saboreó la amarga bebida. Dejó que el botellín colgara de su mano, con peligro de caer y romperse en mil pedazos, e intentó abstraerse un poco buscando formas en las nubes que surcaban el cielo gris. Una era un pájaro, como aquellos que tenía el pijama de Annabelle, un gorrión en pleno vuelo. Otra parecía una taza de café humeante, y le recordó al día en el que la joven y él se habían conocido, cuando él la había seguido hasta aquella cafetería.
Pronto se dio cuenta de que no era capaz de ver formas en las nubes que no tuvieran relación con ella. La extrañaba más de lo que quería.
Bebió un trago tras otro del botellín medio vacío hasta que no quedaron más que un par de gotas en el fondo de la botella de cristal. Dio vueltas al líquido amarillo que quedaba, observando como se movían, tan solo para matar el tiempo. Tras unos segundos, aquello empezó a parecerle absurdo, así que dejó el botellín en el suelo, justo al lado de donde estaba sentado, junto a los otros tres que se había tomado.
Normalmente no habría bebido por una chica. No, él no era del tipo de personas que ahogaban las penas en el alcohol, ni tampoco en el humo de un cigarro. Cuando Kyle bebía o fumaba, lo hacía por diversión.
Pero aquel día era diferente. Ella no estaba allí, y algo tenía que hacer para olvidarse. Era consciente de que estaba exagerando las cosas, que probablemente ella no estaría haciendo otra cosa que tareas de su apartamento, o quizás unas simples compras con alguna amiga. Él lo sabía. Pero el problema era que, aún así, estaba dolido, sin más razón que la ausencia de la pelirroja.
Tras unos minutos en los que trató de dejar la mente en blanco, empezó a oír pasos que se acercaban hacia allí. Se volvió para ver de dónde venían, pero no había nadie. Se dio la vuelta de nuevo y se encogió de hombros, quitándole importancia. Entonces se oyó un ruido que venía de los arbustos, y antes de que Kyle pudiera girarse, unas huesudas manos le taparon los ojos.
-¿Quién soy? -preguntó una voz inconfundible.
-Déjame adivinar... Mi madre -bromeó él, con una gran sonrisa en el rostro.
Annabelle quitó las manos de los ojos de Kyle y se sentó a su lado, cruzando las piernas. Iba descalza, y en las manos llevaba sus típicas botas country marrones, destrozadas de tanto uso. Su cabeza estaba coronada por las habituales rosas rojas, y llevaba el rojizo cabello recogido en una trenza que caía por su espalda.
-Qué gracioso eres -dijo ella, aún recuperando el aliento, ya que había ido corriendo todo el camino hasta allí.
Sonrieron a la vez, y entonces el joven se dio cuenta de que Annabelle llevaba en la mano la carpeta de sus dibujos, la misma que le dejó ojear el día que se conocieron. Parecía entusiasmada por algo, y aferraba la carpeta contra ella como si le fuera la vida en ello.
-¿Qué tienes ahí? -preguntó Kyle mientras hacía un intento de quitarle la carpeta, pero Annabelle la quitó de su alcance.
-Eh, no seas impaciente.
-¿Impaciente? -se preguntó él, sin dirigir la pregunta a nadie más que a sí mismo.
La pelirroja abrió la carpeta y rebuscó algo entre todos los papeles. Cuando por fin lo encontró, su rostro se iluminó, y le entregó el dibujo a Kyle.
-Feliz martes -dijo, sonriendo.
El folio estaba repleto de retratos del joven. Kyle observando las nubes, tumbado en las vías de tren. Kyle compartiendo un café con ella en el Penny Lane's. Kyle durmiendo en el sofá color caramelo, con el moratón rodeando su ojo gris. Kyle sonriendo, mientras miraba hacia alguien -seguramente ella- entre la multitud, exactamente igual que cuando se conocieron.
Él estaba sorprendido. Annabelle había captado perfectamente su expresión, dura pero aun así agradable, y cómo sus ojos grises se iluminaban como si fueran chispas en un día nublado.
-¿Por qué? -preguntó él, aún contemplando asombrado los dibujos.
-Ya te lo he dicho. Feliz martes.
-Annabelle Rosseau, no juegues conmigo. Tiene que haber alguna otra razón.
-Eres la persona más tozuda que he conocido nunca, Kyle Dixon. Creí que te debía algo, idiota. Quería recompensarte por todos los días que has estado a mi lado. Por eso, hoy es sólo un día más, pero tú estás conmigo. Así que feliz martes.
-Aw, esta vez eres tú la cursi.
-Y por eso no quería explicártelo. Porque es cursi.
-Que sea cursi no quiere decir que no me encante. Gracias, pelirroja. Te quiero.
-Yo también te quiero.
Hubo unos minutos de silencio en los que ambos se quedaron abrazados, sintiendo la respiración y el latido del corazón del otro. Había sido la primera vez que habían pronunciado las dos-grandes-palabras, la primera vez que habían mostrado sus sentimientos sin indirectas.
Entonces, Kyle recordó la razón por la que había invitado a Annabelle a pasar el día con él: también tenía un regalo que darle.
-Eso me recuerda... Yo también tengo algo para ti.
Rebuscó en su bolsillo y cuando el tacto de aquella cadena fría, de plata, dio contra su mano, sonrió.
-¿Qué? -preguntó ella, curiosa.
Ni siquiera sabía por qué había metido el colgante en su bolsillo antes de salir de casa, sabiendo que no la iba a ver, que no iba a poder dárselo. Quizás fuera porque sentir aquella llave golpeando contra su pierna cada vez que daba un paso le reconfortaba, le recordaba a Annabelle.
-Feliz martes -le dijo, mientras le rodeaba el cuello con aquella fina cadena.
La llave cayó por encima de la camisa que llevaba aquel día la pelirroja, y cuando ella la vio, se lanzó a los brazos de Kyle, estrechándolo en un fuerte abrazo.
El pequeño collar plateado rebotó en su ropa, metiéndose por dentro de esta, y encajó perfectamente con aquel hueco que tenía Annabelle en el centro del pecho. De alguna manera, la completaba, igual que hacía Kyle.
Era perfecto.

                                                     ***                                                   







Because these things will change.
Can you feel it now?
This walls that they put up
to hold us back will fall down.

Love always,

-Merce.